jueves, 8 de enero de 2015

Crónica de la San Silvestre Vallecana 2014

¿Si siempre es el mismo recorrido por qué no haces el mismo tiempo? Eso me dijeron hace poco menos de una semana. Ahora la pregunta resuena otra vez en mi cabeza cuando tan solo quedan unos segundos para que arranque la carrera. Por supuesto que el reto sigue siendo bajar de los 38 minutos que me permitirían repetir el año que viene. Ni que decir tiene que también es el mismo circuito, el de todos los años en los que he participado.
 
Lo cierto es que si es el mismo recorrido y yo soy el mismo que la corro desde hace años, es lógico pensar que haré siempre el mismo tiempo. Pero no. Mientras rodaba en los calentamientos antes de las series que he ido haciendo desde entonces, he llegado a la conclusión que el tiempo que haga en la carrera va a depender de diferentes variables que he trabajado durante el año:
 
X: Fondo. Esta variable la desarrollo durante el verano con la bicicleta. Si en la edición de 2012 hice un buen resultado en la carrera que va a arrancar en pocos minutos fue también por la cantidad de kilómetros que hice en ella. Y es que ese año hice las marchas de El soplao y la Perico que preparé a conciencia. Me recuerdo que este pasado verano apenas he cogido la bici, solo los fines de semana así que poco va a ayudar. Esta variable es importante pero no la más. En la fórmula tiene una progresión geométrica multiplicada por 3. 3x, eso es.
 
Y: velocidad. Esta variable la trabajo a partir de octubre. No es ni más ni menos que la velocidad máxima a la que he corrido en las series: de un minuto, pirámides, cuestas, progresivos... Este año he intentado ir al máximo y me probé en la carrera de Rivas de 5.300 metros, donde pesa más la variable y que la x. Hice un discreto 19:48 lo que es un ritmo de 3:42 el km. Está bien pero tendría que haber sido mejor si aquí quiero bajar de 38, que es a menos de 3:48 el kilómetro. Esta sí que es la más importante y su progresión es exponencial. Será y3.
 
G: golosadas. O lo que es lo mismo, la cantidad de dulces y comilonas que me he dado en los últimos días. A nadie se le escapa que esta carrera se disputa en unas fechas muy malas como para privarse de estos caprichos. Y creo que el plato combinado de lomo con huevos y patatas que me he metido para el cuerpo a la hora de comer no me va a ayudar mucho. En la fórmula esta variable es negativa. Y tiene una progresión geométrica. -2g.
 
N: Pensamientos negativos durante la carrera. Y es que ¿cuantas veces no he perdido una carrera contra mí mismo pensando en cosas negativas? Que mira que mal he salido, que si voy demasiado rápido, si voy lento, tenía que haberme colocado delante... Me repito (porque en todas las carreras me lo digo antes de salir) que no debo pensar en negativo. Y como negativo que es, ese es su valor aritmético por ella misma: -n.
Y por último la variable c: c de Cojones. Porque sé que cuando el cansancio me pueda, cuando el resto de variables hayan echado el resto, esta será la única que se mantenga. Como solo por cojones no se consiguen las cosas, el valor es aritmético por ella misma: c. A secas.
 
Finalmente la función queda así:
ƒ(Estado de forma para bajar de 38)= 3x+y3-g-n+c
Si, lo sé, cualquiera podría tumbarme la fórmula. No vale para nada. Sus unidades no son homogéneas y no está empíricamente demostrada. Pero a falta de segundos para empezar a correr poco importa. Aunque sí lo suficiente.
 
Avisan que quedan segundos pero no hay cuenta atrás. Solo un pistoletazo. Pongo el GPS en marcha y a correr. La salida es frenética. Voy pegado a otros corredores y abro los brazos con las manos por delante. Me empujan desde atrás y trato de amortiguar lo máximo, pero con la inercia empujo a su vez al que tengo delante. No me piden perdón. Yo tampoco lo hago.  Es lo que hay y todos lo sabemos. A los pocos metros ya se puede correr mejor y bajo los brazos.
 
Subiendo Concha Espina no dejo de mirar el suelo sobre el que pisa el atleta que tengo frente a mí. Hay socavones revienta tobillos cada dos por tres y trato de evitarlos. Cuando llegamos arriba giramos por Serrano. Comienzo a bajar. Empezamos a formar un pequeño pelotón que vamos al mismo ritmo. Veo mujeres y hombres que llevan camisetas conocidas de otras muchas carreras: AD Maratón, Diablillos, AD Alcorcón...
 
No llevamos más de unos centenares de metros después del giro y de repente se va la luz. ¿Qué pasa? Mis ojos tardan un instante en adaptarse a la oscuridad y no dejo de mirar el suelo un par de metros delante. A duras penas se ve el asfalto e incluso a los corredores que tengo alrededor. Unos gritan, otros no paran de decir "¡cuidado cuidado!". Otro bromea diciendo que si los que viven en la calle Serrano no son capaces de pagar las facturas de la luz. Solo veo bien el suelo reflejado en verde o rojo cuando pasamos bajo algún semáforo. Después de casi un minuto que se hace eterno, por fin veo al fondo unas farolas encendidas y al poco entro en los nuevos haces de luz. Si pienso en el tiempo que habré perdido corriendo a oscuras le voy a dar alas a la variable n. Miro el GPS. Voy a buen ritmo. El suficiente para bajar de 38. Olvido el apagón.
 
Alfombrilla del kilómetro 2,5. La piso, miro el GPS y hago cálculos en mi cabeza. Debería pasar antes de 9:42. Lo he hecho antes. Bien. Pero también pienso que debo reservar para los dos kilómetros finales. Bajo un poco el ritmo y los compañeros que llevaba casi desde el principio se van hacia delante. Se van los AD Maratón, Diablillos y AD Alcorcón y poco a poco me empieza a absorber otro pelotón. Me doy cuenta que hay más gente que en otras ocasiones. Vamos ocupando toda la anchura de la calle Serrano.
 
Alfombrilla del kilómetro 5 frente al museo del Prado. Miro el GPS. El ritmo es más bajo que la del 2,5, pero era lo esperado después de bajar la velocidad. El tiempo es bueno y voy reservando para los últimos 2 kilómetros. Pienso en la carrera de Rivas. Terminaba unos metros después de esa alfombrilla y estoy en esa marca. Estoy forzando la variable y.
 
Atocha y después Menéndez Pelayo. Ahora hay mucha más afición a un lado y a otro de la calle. Intento afinar el oído por si oigo a Carol. Me ha dicho que estaría por aquí. Hay tanta gente y forman tanto bullicio que no escucho bien.
 
Pacifico. A mi derecha las oficinas donde trabajo. No quiero mirar el edificio, ni las letras de color azul que lo identifican. No lo hago. Hoy es el último día de un año que laboralmente es mejor olvidar por lo que hay que intentar pensar que el que mañana empieza será mejor. Aunque en realidad llevo más de un año jodido, ¿qué puede hacerme pensar que será mejor? Que sí, que puede ser mucho peor: que me hayan echado a mí, que no tenga trabajo... pero eso no quita que me joda. Quizá el problema sea mío, quizá idealizo el trabajo, le pongo más sentimiento y ya se sabe lo que pasa cuando uno se toma así las cosas. Lo que en otras ediciones de esta carrera era orgullo y satisfacción por pasar cerca de mi trabajo ahora es rabia. Rabia. Entro en un bucle. La variable n se acrecienta. Tengo que pensar en otra cosa porque estoy a punto de irme mentalmente de la carrera. Pienso en Gino y la Bicicleta. GI-NO. BI-CI-CLE-TA. Me imagino a Gino bajando por aquí, por Ciudad de Barcelona con su bicicleta de acero, su cambio vitoria y rodando a toda pastilla. Yo también me veo sobre mi bici: plato grande, manos en la parte baja del manillar, cabeza baja. En lugar de correr estoy pedaleando y la velocidad se acrecienta. Lo olvido.
 
Almohadilla del 7,5 antes del giro a Monte Igueldo. Miro el GPS. Estoy donde, casi cuando quería. Al fin y al cabo la fórmula del estado de forma se limita al espacio- tiempo. ¡Eso es! Esas son las unidades. Estar en el sitio y el momento que uno quiere, o más bien puede. Miro a la derecha, están mi padre y mi tío donde siempre. Levanto la mano para hacerles ver que les he visto y les oigo un "¡vamos, vamos!". Por Vallecas empieza una nueva carrera sin arco de salida. Y es la más importante. Pienso en ritmos y variables. La x va jodida, la y al máximo y la c aún por entrar en juego. Al final de la calle hay una subida que conozco. No por ella bajo el ritmo. Cuando la ataco subo también por la cuesta del Cerro y la empinadísima de la carrera de Arganda. Estoy también allí. Pero lo curioso es que cuando entrenaba en esos sitios también estaba subiendo aquí. Y ahora. Delante mía hay dos corredores que van  más lentos que yo. Fuerzo al máximo la y. Voy a pasarles por la izquierda pero la gente que anima tapona el espacio y por la derecha adelanta otro. No puedo pasar. ¡No puedo pasar! Noto como tengo que bajar el ritmo. Mierda. Mis piernas respiran pero yo no quiero que lo hagan. Cuando terminamos la cuesta me meto por la izquierda. Si un aficionado se asomara ahora me lo llevaría colgado, pero no sale ninguno. Ufff. Pienso en el tiempo perdido. Aumento el ritmo como aumenta n. Mierda. Pienso que no debía haber bajado la velocidad al principio. Mierdamierda. Aumenta mucho más n. Cuando paso por el kilómetro 9 voy apurado pero compruebo el tiempo. Trato de olvidar el tapón y pienso que puedo meter el tiempo. Puedopuedopuedo. Ahora ya no queda nada que rascar de x, ni de y, ni de su... madre. Solo queda la c. Y si va a ser por cojones tengo que adelantar a todos los atletas que van a mi lado para que no me taponen en la cuesta que queda antes de entrar al estadio. Me pongo a ello, adelanto a dos. Otro más adelante. Pero sigue habiendo más y más gente.
 
Voy a tope. Respiro agitado. Siento más rápido de lo que respiro y respiro más rápido de lo que pienso. Y lo que pienso es que quiero que esto termine pero siento. Siento agonía por el esfuerzo y por no conseguir el tiempo que quiero.
 
¿Dónde está el estadio? ¿Por qué hay tanto giro y tanto callejeo? Última cuesta bordeando el estadio. Miro el GPS. Algo más de un minuto para meter el tiempo. Otro tapón de corredores aunque aquí hay vallas para evitar que los que animan se echen encima. Al final termino adelantándolos cruzándome desde la izquierda hacia la derecha. Hago más metros. Mierdamierda. Queda tan poco que ya da igual n. Sé lo que queda para terminar: 300 ó 400 metros como mucho. Si fuera Jesse en la final de los 100 de Berlín lo metería sin problemas. Hago cálculos para pensar y así dejar de sufrir: 10,03 en 100 metros es un cálculo bastante redondo: a 10 m/s que en minuto/km es a 1:40. Con lo que queda por hacer me conformaría con algo menos de la mitad de lento. Pero no. Termina la cuesta, entrada al estadio. Noto una arcada ¿por qué tiene que venir ahora la variable g? No contaba con ella. Se va tan rápido como ha venido. Alfombrilla sobre el césped como otros años. Eso conlleva perdida de tracción. Veo la meta, solo quedan dos curvitas de 90° para llegar a ella. Son cerradas por lo que perderé tiempo en los giros. Sigo rodeado de mucha gente. Antes de la siguiente curva adelanto a dos y al girar tengo de frente la grada. La misma en la que venía a ver el fútbol con mi abuelo. Entonces pienso en Alex y quiero que en la próxima edición, cuando tenga un añito, venga al estadio acompañado de su madre para ver a su padre. Así como hace años su padre venía con su bisabuelo a ver al Rayito. Miro el tiempo de la meta. Sólo quedan segundos para pasar el 38. Sé que no lo voy a meter. No tiro la toalla, hay veces que estos cacharros fallan y no puedo sacrificar todo este esfuerzo. No, eso no. Última curva. Aprieto más. Esprinto. Siento un golpe en mi tripa. Es el codo de un corredor que iba delante de mí. No es que me haya dado, es que yo me he llevado el codo por delante al esprintar. Entro en meta cuando el cronómetro ha pasado un par de segundos el minuto 38.
 
Paro. No lo he conseguido.
 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Segundo, el impulso (X)



Viene de aquí. 
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Jesse comienza a competir, y también a ganar. En los campeonatos juveniles consigue imponerse en algunas carreras de 100 y de 200 yardas. Incluso lo hace en alguna de 220 que se realizan sobre una larga y a veces interminable recta. Hace sus pinitos en las pruebas de salto largo, aunque éstas le cuestan más. Aún no consigue dominar la técnica, pero logra alcanzar tal impulso antes de saltar que lo suple por una increíble velocidad punta.
También es capaz de conseguir algunas victorias de equipo como las de los juegos interescolares que se disputan a nivel de Estado. Jesse es quien consigue el mayor número de puntos, los decisivos, para alzar a su equipo entre los primeros puestos.
Poco tiempo después, Jesse barre en todas las pruebas en las que se presenta. Con quince años corre las 100 yardas en 11 segundos, rompiendo el récord mundial de secundaria en salto largo. Durante dos años consecutivos Jesse lleva a su equipo al campeonato del estado y, entre medias, iguala o bate récords en salto largo, los de 100 y 200 yardas y la prueba de relevos junto a sus compañeros de equipo.
Aun así Charles es precavido. Antes de cada carrera le recuerda que tiene que mejorar en dos puntos clave: la salida y acortar el desarrollo de la velocidad máxima. Debe potenciar la capacidad de reacción, que es fundamental para comenzar a correr en cuanto dan el pistoletazo de salida así como la potencia para poder desarrollar lo antes posible la velocidad máxima. Tanto es así que la mayor parte de las carreras son iguales: es de los últimos en empezar a correr, eso le hace ir a remolque. Sigue por detrás cuando se enfrenta a chicos que son más potentes físicamente pero cuando alcanza la velocidad punta la mantiene por más tiempo a diferencia del resto. Por eso adelanta a los rivales y gana.
Charles sabe que con más trabajo y disciplina puede conseguir mucho más. Por eso, a pesar de las victorias, insiste antes de cada carrera en la visualización de ésta. Le lleva a la salida antes del calentamiento le hace cerrar los ojos y respirar relajadamente. Le dice despacio lo que espera de él: precisión y rapidez en la salida, constancia y determinación para alcanzar antes la velocidad. Empuje. Fuerza.
La rapidez que le falta en la salida le sobra en lo personal. Un caluroso día de julio de 1930, él y Ruth se casan. Aún él no ha cumplido los diecisiete y ella tiene quince recién cumplidos. Ambas familias y todos los que les conocen opinan que es precipitado, que son demasiado jóvenes. Todos lo piensan, menos ellos dos. ¿Para qué esperar cuando has conocido a tu alma gemela? El banquete es sencillo, los invitados los justos, incluido Charles, por supuesto. Después de casarse, viven en casa de los padres de Jesse. Se mantienen de los pequeños trabajos que él consigue y del escaso sueldo que Ruth tiene en una peluquería en la que ha empezado a trabajar hace unos meses. Cuando consiguen ahorrar algo más, se independizan yéndose a vivir a una pequeña casa en Cleveland.
El 8 de agosto de 1932 Ruth da a luz a su primera hija, Gloria.

jueves, 23 de octubre de 2014

Segundo, el impulso (IX)


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Viene de aquí.
Cuando las noticias de la caída de la bolsa de Nueva York llegan a Jesse, éste no piensa que aquello le pueda afectar. Todo suena muy lejano y extraño. En la radio escucha noticias espeluznantes sobre gente que trabaja en los grandes bancos que se suicidan disparándose en la cabeza o tirándose de los rascacielos. También hablan con palabras económicas que no conoce como deflación, devaluación de la moneda, crisis económica... Todo aquello parece de otro mundo. Él sigue haciendo su vida normal, va al instituto acompañando a Ruth, entrena con Charles y trabaja por las tardes en la fábrica de calzado. Unos días reparando y otros repartiendo, como lleva haciendo desde hace un par de años. Algunos compañeros del taller están asustados por la noticia de lo que ya se denomina el “crack de la bolsa”. Él, al contrario que ellos, está tranquilo.
Una tarde al ir a trabajar se da cuenta que el taller está cerrado. Se extraña y vuelve a casa. Al día siguiente sigue cerrado a cal y canto. Decide esperar sentado en la puerta por si alguien aparece. Después de un par de horas, llega uno de los encargados. Se acerca a Jesse y le dice que ya no hay más trabajo. Están arruinados.
Jesse vuelve para casa con las manos en los bolsillos. Cuando llega se lo dice a su familia, todos se muestran preocupados. Afortunadamente su padre mantiene el puesto de trabajo en la metalúrgica y, hasta que Jesse encuentre algo, pueden ir tirando con lo poco que han ido ahorrando.
Es positivo. No hay mal que por bien no venga y como parece que en una temporada no tiene que ir a trabajar por las tardes, aprovecha para prepararse con el resto de atletas que entrena Charles. Así puede compararse con los demás, saber por el mismo si tanto entrenamiento merece la pena y conocer a gente que corre.

El primer día que entra en la pista se sorprende. Nunca ha estado antes en una. Le parece enorme, tanto que cree que las distancias deben estar equivocadas respecto a las que le ha contado Charles en más de una ocasión. Le llama la atención la débil capa de tierra que la cubre, es muy fina. Apoya uno de los pies firmemente y se da cuenta que le da la suficiente sujeción para correr seguro. Los restos de tiza marcan las líneas que dividen la pista. Dibujan las calles, las salidas y la única meta. Charles se acerca y comienza a acompañarle por el recorrido. Le explica el número de calles. La primera es la más importante, su línea interior tiene exactamente la distancia reglamentaria, 400 yardas. En las carreras de fondo es conocida como la cuerda, aquella que marca el límite de la pista con el césped interior.
—Los corredores de fondo se matan por ir por ella. Así consiguen hacer menos curva que los demás y por lo tanto menos distancia.
Jesse está sorprendido, no había caído que las calles más exteriores hacen más recorrido. Charles le lleva a los puntos de salida de las carreras de 100 yardas. Están al fondo de la larga recta que se sale del propio círculo que forma la pista.
—Aquí es donde saldrás de la manera que te he explicado. Manos en la línea, rodilla izquierda apoyada y pierna derecha estirada.
Cuando siguen rodeando la pista le cuenta como se compensan las diferentes salidas para la carrera de 200 yardas, algunas están más cerca de la llegada respecto a las demás. Cuanto más alejada está de la primera calle están más cerca de la meta. Todo tiene que ver con el radio de la curva y los metros de más que hacen los de las calles externas. Aunque a Jesse le parezca mentira todos corren la misma distancia.
—La calle por la que uno va es fundamental para el desarrollo de la carrera. Dependiendo de donde salgas vas a poder ver a los rivales y saber si llevarás la iniciativa o no.
Al final van hacia un foso de arena que está dentro del círculo de la pista.
—Este es el foso del salto largo. Aún no lo hemos practicado porque no hemos podido entrenar aquí. Con la velocidad que podrías desarrollar corriendo —señala una larga recta que llega hasta el foso —y con un poco de técnica estoy seguro que destacarás también aquí.
En ese momento llegan los demás corredores, son mayores que Jesse. Uno a uno se van presentando. Todos le conocen gracias al entrenador, que les ha hablado mucho de él.
Empiezan a calentar y practican la técnica de carrera. Después hacen 15 series de 400 yardas (una vuelta completa a la pista) con algo de descanso entre una y otra. Jesse llega el primero en todas. Al final de las series, unos comienzan a descansar y otros a hacer gimnasia. Charles se dirige a todos:
—¿Qué os dije muchachos? ¿Es bueno o no es bueno?
Cuando la sesión ha terminado Charles se despide de Jesse:
—Hoy por fin has conocido lo que es una pista. Ahora ya solo te queda saber lo que es realmente el atletismo.
Jesse sonríe. Para él aún es solo una cuestión de correr más o menos.

Continúa aquí.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Segundo, el impulso (VIII)



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Viene de aquí.

Jesse va de camino al instituto, cabizbajo. Esa mañana entra pronto, pero no va a esperar a Ruth en la puerta como así ha hecho los otro días. Y no lo va a hacer porque esté enfadado con ella, ni mucho menos. Entiende que le dijera la primera calle que se le pasó por la cabeza cuando le preguntó en cual vivía. ¿Cómo se le ocurrió preguntarle eso? ¿Cómo se lo iba a decir así, a la primera de cambio? ¿En que estaba pensando? Ese es el problema: no piensa cuando ella está cerca. No sabe el motivo, ni la razón. Se pone nervioso, se bloquea. Sólo puede mirarla embobado.  
Se siente avergonzado de sí mismo. Tanto que no quiere volver a verla. Más bien no quiere que ella le vea a él. Afortunadamente Ruth es de primero año y el de segundo, no tendrían por qué coincidir en las clases, que es bastante. Ha pensado mucho en ello, la clase de ella está cuatro puertas más cerca de la entrada que la suya por lo que es Jesse el que pasará por donde ella. Menos mal. No quiere imaginarse que se ella quien pase por la puerta de su clase y le viera. También podrían verse en los momentos comunes como los recreos. Pero él lo tiene fácil, ya que en ese tiempo aprovecha para entrenar con Charles en el gimnasio, o en el patio trasero. Lo malo, recuerda, que de vez en cuando hay gente que en el tiempo de recreo también se deja pasar por allí, ¿y si fuera Ruth? Uffff. Se intenta convencer de que es mejor no pensarlo.
Termina de subir las escaleras del instituto mirando al suelo, distraído. Ve una pequeña china, le da una patada y esta sale disparada hacia las piernas de una chica que se apartan de la trayectoria de la piedra.
—¡Vaya! Solo faltaba esto —cuando levanta la mirada se da cuenta que es Ruth. Al menos en su tono no hay enfado.
Jesse se queda congelado. Quiere morirse de la vergüenza. Mira otra vez al suelo.
—¡Ups! Perdona. Ha sido…
—Bueno, realmente soy yo quien te debe una disculpa… —Ruth no le deja terminar.
—No te preocupes. No debí… —nervioso se rasca la sien.
Tras un breve silencio, Ruth le dice:         
—¿Qué te parece si empezamos de nuevo? —ella sonríe mientras le tiende la mano en señal de saludo —mi nombre es Minnie Ruth Salomón.
Jesse la mira sorprendido, se descubre sonriendo también y estrechando su mano.
—El mío es Jesse Owens.
—Muy bien, Jesse Owens. Así que llevas un año estudiando aquí por lo que creo que puedes contarme algunas cosas…
Los dos se sientan en el último peldaño de las escaleras y hablan del instituto, de los profesores. El chico se da cuenta que puede enlazar palabra tras palabra y mantiene una conversación fluida con ella mientras que mira sus preciosos ojos marrones. Inexplicablemente puede conservar la calma, observa las pequitas que cubren su carita y admira su gesto: su mano apoyada en la barbilla mientras con la otra se aparta el pelo que le cae en la frente.
No son conscientes que han pasado cientos de alumnos por la puerta hasta que suena un timbre llamando a la primera clase. Jesse le dice a Ruth:
—Creo que es hora de ir a clase.
—Sí. Es la hora.
Ambos se levantan y entran en el edificio. Antes de cruzar la puerta de su clase, Ruth le dice:
—Mark Twain. Vivo en la Calle Mark Twain. Ya sabes, el de las aventuras de Huckleberry Finn.
Jesse solo puede sonreír. Cuando Ruth no le ve el chico brinca de alegría.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Segundo, el impulso (VII)


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Viene de aquí.
Jesse compatibiliza de la mejor manera que puede clases, trabajo y entrenamientos. De todo, son los estudios lo que peor lleva. Al final del año aprueba raspado muchas de las asignaturas e incluso llega a rogar a algunos profesores que no le suspendan para que Charles pueda seguir entrenándole el año siguiente.
Durante el verano, en el trabajo cada dos días que encola o pone cordones, consigue que le destinen a hacer el reparto en una vieja bicicleta llena del calzado reparado. Los lleva a todas partes de la ciudad, clientes y zapaterías. La fábrica- taller en la que está contratado tiene tanta reputación que incluso se encargan de los artículos más exclusivos que las zapaterías de barrio no pueden reparar. Jesse termina aprendiendo de memoria todos los barrios y calles de Cleveland. 

El primer día de su segundo año de instituto, Jesse y sus compañeros de clase ya no son novatos. Se permiten quedarse en la puerta de entrada para ver a la gente nueva. Hay pocos negros entre tantos blancos. Entre los primeros, Jesse se fija en una chica que sube por las escaleras. Tiene un cuerpo delgado que le hace parecer frágil, su cara es de niña. El pelo largo y algo rizado lo lleva recogido en una coleta. Jesse contiene la respiración mientras la ve pasar. No consigue ver el color de sus ojos ya que mira al suelo mientras abraza con fuerza una carpeta contra su pecho. Envidia a la carpeta por estar en contacto con ella. Va acompañada muy de cerca por otra chica negra, “deben ser amigas”, piensa Jesse. Cuando la chica entra por la puerta y sale de su campo de visión, Jesse suspira.
Durante todo el día no consigue quitarse de la cabeza a la chica de la carpeta.

Al día siguiente la espera en el mismo sitio y a la misma hora. La ve pasar otra vez. Va con su amiga, lleva la misma carpeta y la mirada otra vez clavada al suelo. Jesse no le quita los ojos de encima. No puede evitarlo. De repente, cuando ella está a su altura, le mira y dice:
—Hola.
Jesse no respira, se queda de piedra, intenta contestar pero no puede. Tiene un nudo en la garganta. Más bien tiene cientos de nudos. Se ha quedado atrapado en sus ojos marrones de otoño cuando ella ha levantado la mirada hacia él. Ella entra al instituto. Al principio Jesse maldice lo torpe que es, lo tonto que le habrá parecido a la chica cuando no ha sabido ni responder a un “hola”.
Durante otro día no consigue quitarse a esa chica de la cabeza y no para de repetirse a sí mismo que mañana le dirigirá la palabra.

A la mañana siguiente Jesse la espera en otro sitio diferente. Es en la entrada del patio, mucho antes del sitio donde se han visto los dos días anteriores. Piensa que la acompañará andando hasta la entrada del instituto y hablará con ella. ¿Hablará? Espera no quedar como un tonto como el día anterior. Cuando la ve venir desde lejos se da cuenta que no va acompañada de su amiga. Jesse traga saliva. Ella también le ve. Al pasar cerca saca fuerzas y la saluda:
—Hola.
—Hola.
—Mi nombre es Jesse.
—Yo soy Ruth.
Se estrechan las manos. Ambos se encaminan hacia el instituto cruzando el patio. Jesse se queda en blanco. No sabe que decir ¿Y ahora qué? Decide preguntar lo primero que se le pasa por la cabeza:
—¿Vienes desde muy lejos?
—¿Cómo? —ella se sorprende por la pregunta.
—Digo que si vienes desde muy lejos... andando —aclara él, nervioso.
—Un poco, vivo en el barrio de Old Brooklyn.
Jesse ha ido bastante a ese barrio en bicicleta. Ha llevado calzado a muchas personas que viven allí y hay una zapatería que les hace muchos encargos. Conoce las calles como la palma de su mano. La curiosidad le puede y pregunta:
—¿En qué calle?
Ruth mira a un lado y a otro. Duda.
—En la calle Edgar Allan Poe, el de los cuentos de terror.
—¡Ah! La conozco —sonríe Jesse. Mira a Ruth, pero ella está mirando el suelo.
En el hall de la entrada la amiga de Ruth aparece detrás de ambos:
—No me has esperado para venir —la dice.
—He salido de casa un poco antes —responde algo nerviosa— os presento. Jesse, ella es Eli. Eli, él es Jesse.
Se saludan. Siguen andando por el pasillo hasta que Jesse se para frente a la clase de Ruth:
—Voy a mi clase. Eli, encantado. Ruth, si paso por la Calle Edgar Allan Poe, te aviso, ¿Vale?
—¿La calle Edgar Allan Poe? —su amiga mira a Ruth con gesto de sorpresa —¿Qué tiene que ver esa calle contigo?
Ruth mira al suelo avergonzada. Eli ha descubierto su engaño. Jesse no dice nada, se quiere morir. Se marcha rápido de allí.

Continúa aquí.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Segundo, el impulso (VI)

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Viene de aquí.
 
Cuando llegan a las afueras de la ciudad Charles aparca frente a un edifico alargado.
—¿Dónde estamos?
—Hemos venido al hipódromo. Vamos a ver carreras de caballos.
—¡Guau! —Jesse nunca ha visto una.
Cuando bajan del coche, Charles ayuda a Charly a levantarse del asiento y le da una muleta que previamente ha sacado del maletero. Charly anda torpemente apoyado sobre la muleta arrastrando uno de los pies. Viéndole andar, Jesse duda si algún día podrá correr tal y como ha dicho el entrenador.
Cuando Jesse se aproxima a la entrada del hipódromo se para y observa detenidamente si hay alguna indicación para la entrada de los negros. No la ve. Comprueba alrededor suyo si hay alguien de su mismo color de piel. No ve a ninguno. Concluye que no hay una entrada para ellos.
Una vez dentro se van anunciando las diferentes carreras. Los tres toman asiento en un lateral de la grada. Ante ellos tienen el circuito ovalado y cubierto de un cuidado césped. Charles le dice a Jesse:
—Quiero que te fijes en la forma de correr de los caballos. Después me dirás que has visto.
La primera carrera comienza. Los caballos salen raudos cuando se abren las puertas. Enseguida uno se pone por delante. Los demás se agrupan y siguen su estela. Cuando pasan la primera curva y afrontan la segunda recta, el primero saca dos o tres cuerpos a los demás. Pese a que los jinetes no paran de golpearles los cuartos traseros con las fustas, no recortan al primero. Llegan a la segunda y última curva, parece que el primero va perdiendo distancia con respecto a los demás. ¿Son los caballos de detrás los que van más deprisa o es el de delante el que corre más despacio? En la recta de meta el primero es adelantado por uno, dos y hasta tres caballos antes de cruzar la línea de meta.
—¿Y bien? —pregunta Charles.
—¿Tiene algo que ver con la iniciativa en una carrera?
Charles sonríe.
—Bueno, en este caso podría ser que sí… pero no. Yo me refiero más a la técnica de carrera de un caballo. Vamos a ver la siguiente.
Poco tiempo después hay nuevos caballos en los cajones de salida. Jesse solo puede ver a los jinetes que sobresalen por encima. Al poco tiempo se suena un disparo y se da inicio a la carrera. Jesse distingue entre el pelotón de hombres y animales un caballo que toma ventaja sobre los demás. Saca un cuerpo al resto. Charles le señala:
—Mírale las patas delanteras. Abren el camino dirigiéndose hacia delante, apenas se doblan y van alternándose en la pisada. Una primero, después la otra. Y ahora fíjate en las traseras. Se encargan de impulsar el movimiento doblándose y estirándose automáticamente como un gran resorte.
Comienza a trazar la curva. Charles continúa:
—El caballo es fuerza y puro músculo. Cabeza hacia delante, tronco quieto. Pese a la velocidad que desarrolla lo único que mueve son las patas. No le hace falta mover nada más.
Comienzan la contrarecta y el primero sigue manteniendo la misma distancia frente a los demás.
—Y tampoco le hace falta mantener el contacto con la tierra más que el mínimo necesario. Y eso es muy importante, si te fijas puedes observar como hay momentos en que el caballo no tiene apoyada ninguna de sus patas en el suelo. Vuela por el aire, ¿lo ves?
Jesse se esfuerza en ver los movimientos y finalmente se fija en como el caballo vuela.
—Cuando corras, tú también tienes que volar —dice Charles.

Continúa pinchando aquí.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Segundo, el impulso (V)


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Viene de aquí.
Charles ejercita a Jesse tres veces a la semana. Lo hace en horario de mañana para que pueda seguir yendo a trabajar a la zapatería por las tardes, por lo que no queda más remedio que el alumno se salte alguna clase. Eso sí, a cambio se ha comprometido a aprobar todas las asignaturas. Si no lo hiciera, automáticamente dejaría de entrenar. Se lo ha dejado bastante claro. Al entrenador también le supone intercambiar alguna de sus clases con sus compañeros para poder dedicarse a la preparación particular. Confía en las capacidades innatas de Jesse por lo que solo hay que saber orientarle para que pueda llegar a ser un gran deportista. 
Jesse entrena en el mismo patio del colegio. Muchos días, después de correr durante algo más de quince minutos, practica las salidas, la capacidad de reacción y la técnica de carrera. Otros días realiza series de velocidad, progresivos y cambios de ritmo. Los menos entrena en el gimnasio del instituto: isométricos, flexiones, dominadas y lanzamiento de balón medicinal.
Después de tres meses de entrenamientos, Charles se da cuenta que Jesse, habiendo progresado rápidamente desde el principio, ahora le cuesta avanzar en la técnica. No parece entender porqué hace determinados ejercicios que no relaciona con el fácil movimiento de correr. Durante días se pregunta qué puede hacer para que Jesse siga mejorando. Una mañana Charles le propone algo:
—Me gustaría llevarte a un sitio pero tendría que ser un sábado. Si te avisara con tiempo, ¿podrías faltar esa mañana al trabajo?
—Si claro, entrenador —desde que empezaron a trabajar juntos es así como le llama.

 
Charles pasa a recoger en coche a Jesse a la puerta del instituto, donde han quedado un sábado por la mañana. Cuando Jesse entra en el vehículo se da cuenta que alguien más va en el asiento trasero.
—Jesse, te presento a mi hijo Charly. Charly, él es Jesse.
 Antes de que estreche la mano, se da cuenta que Charly no es normal. Tiene la cara alargada, extremadamente fina, la mirada bizca, los brazos están algo torcidos y en una posición que a él le resultaría incómoda. Más que sentado, está tumbado sobre el asiento. En alguna ocasión el entrenador le ha hablado de su hijo, pero en ningún momento le ha dicho que sea lisiado.
—Hola Charly. Encantado. —Se estrechan las manos.
—¡Jesse! ¡Jesse! ¡Jesse! —Charly grita de alegría.
—Si, hijo. Es Jesse. Tranquilo. —a través del espejo retrovisor Charles mira a Jesse. —Le he hablado mucho de ti y se ha emocionado al conocerte. Tú también quieres correr igual de rápido que Jesse, ¿Verdad?
—¡Sí! ¡Correr Jesse!
Automáticamente Jesse mira las piernas de Charly. Los pantalones son deportivos y marcan unos muslos delgados, como el resto de su cuerpo. Jesse sonríe y pregunta:
—¿Corres?
Hay un silencio incómodo en el coche y Charles contesta desde el asiento del piloto:
—No. Pero lo hará.

Continúa aquí.