lunes, 18 de agosto de 2014

Primero, la tierra (II)

El principio puedes verlo aquí.
viene de aquí
 
Pasan los días para el pequeño Jesse. Cuando se despierta por las mañanas, su madre le levanta de la cama y  le baja a la cocina para desayunar con sus hermanos mayores. Al poco llegan sus abuelos. El abuelo se quita su sombrero y la abuela su chaqueta que dejan en el perchero. Le besan. Su madre coge una chaqueta del perchero y se va de casa. Todos sus hermanos mayores también se van de casa. El abuelo y la abuela visten a Jesse. Salen a pasear. Juegan a la pelota, juegan a correr. Vuelven a casa. A mediodía llega su madre y deja su chaqueta en el perchero. Le besa. También llegan algunos de sus hermanos. Rezan en la mesa y comen todos juntos. Después se duerme un rato y al despertarse juega en casa con un muñeco. Cuando cae la tarde llega su padre, deja su sombrero en el perchero. Le besa. Llegan los hermanos mayores que faltan. Rezan en la mesa y cenan todos juntos. Después se va a dormir. Son días felices.
Pero hay otros días, cuando hace frío, que el pequeño Jesse se despierta antes que nadie en casa. Tose. Suda. No consigue volver a conciliar el sueño. Cuando su madre le baja a la cocina tiene tan inflamada la garganta que no puede tragar el desayuno. La mirada de sus padres muestra preocupación y agua. Tanta agua que se les cae por la cara. Su madre le arropa con sacos de alimentos. Su padre dice algo de una medicina, sale de casa, coge el sombrero del perchero. Al rato vuelve, deja el sombrero en el perchero y niega con la cabeza. Su mirada es nerviosa. Durante estos días Jesse está casi todo el día en la cama. No tiene energías para moverse. Sus abuelos van a verle. Le cuentan cuentos, le hacen reír.
Tras muchos días en los que está tumbado, el pequeño Jesse nota escozor en las piernas. Es como si le quemaran. Su madre grita cuando aparta las mantas y las examina. Mirada de miedo y angustia. Esa noche le bajan a la cocina. Su madre calienta un cuchillo. Su padre le sujeta mostrándole el trasero del niño a la madre. El pequeño Jesse se quema. Llora. Grita. Patalea. Vuelve a quemar. Huele a carne chamuscada. Le envuelven en una sábana de algodón y le llevan a la cama. Esos días no son felices.
Una mañana el pequeño Jesse se despierta mucho mejor. Puede comer sin atragantarse con la comida. Al siguiente se puede levantar un rato. Y a los dos días corretea por la casa.

Continúa la historia aquí.





 

 

miércoles, 13 de agosto de 2014

Primero, la tierra (I)

viene de aquí


Para mi padre, por una vida dedicada al cuidado de la infancia
Y para mi madre, por su entrega, cariño y amor a su familia

 
El pequeño Jesse aún no es conocido como Jesse, pero eso ahora no importa. Lo que importa es que está sobre el regazo de su abuelo, su abuelo está sobre una mecedora, la mecedora sobre el patio de una casa y la casa sobre el Estado de Alabama.
El abuelo le canta una canción mientras balancea a ambos, incansablemente, hacia delante y hacia detrás. El nieto la ha escuchado muchas veces, tantas que ya la conoce de memoria y, a veces, la canta con él. Esta vez prefiere otra. Aun sabiendo que su abuelo no conoce más porque se lo ha dicho muchas veces, le pregunta:
Abuelo, ¿podrías cantarme otra canción? —el abuelo deja de cantar.
—Ya sabes que no sé ninguna más.
El pequeño Jesse ha oído cantar muchas a su madre y a su padre. Ellos son mucho más jóvenes que el abuelo, que debe tener muchos más años. Tantos, que es casi seguro que no dice su edad mostrando los dedos de las manos. ¿Cómo no va a saber alguna otra canción?
—Pero abuelo. Eres muy mayor, tienes que conocer alguna más. Por favor... 
—Sí. Soy muy mayor…
El abuelo deja de mecerse. Mira al horizonte. El pequeño Jesse se da cuenta y coge entre sus dos manitas la cara de su abuelo. Acerca su cara a la suya.
Al pequeño Jesse le gusta estudiar las miradas. Para él es un juego en el que intenta desentrañar sentimientos y emociones de aquellos que miran.  Ahora la mirada de su abuelo está vacía, apenas pestañea ¿acaso ve lo que está viendo? No. Realmente su abuelo no está viendo “lo que ve”.
El pequeño Jesse se asusta.
Porque los niños se asustan cuando los mayores se comportan de una manera que no es normal.
Abuelo, ¿qué te pasa?
El abuelo parpadea. Sin mirarle le dice:
¿Quieres que te cante otra canción? A ver que te parece esta.
Vuelve a mecerse mientras comienza una canción. No abre la boca. No tiene letra. El sonido sale de su garganta y es una melodía profunda. Apenas se oye. Tiene un único estribillo que repite una y otra vez. Jesse está a punto de decirle que eso no es una canción, pero encuentra en su mirada que es importante para el abuelo. Se recuesta en su pecho y escucha.
Durante un tiempo el abuelo canta hasta que deja de mecerse:
Déjame que te cuente algo.
Los dos bajan de la mecedora, se cogen de la mano y andan por el patio. El abuelo guía al pequeño Jesse hacía una zona donde no crece la hierba, allí se arrodilla sobre la tierra seca. Coge un puñado. Lo eleva y abre el puño dejándola caer en forma de polvo.
Por esta tierra hemos sido esclavos…
El pequeño Jesse no sabe que son los esclavos. Espera que el abuelo lo explique antes de preguntarle.
Porque hay veces que los adultos explican las cosas que los niños no saben lo que son sin llegar a preguntarles.
Tú eres libre.
La mirada del abuelo se vuelve agua. El pequeño Jesse no dice nada. Espera que el abuelo continúe.
Que nadie te obligue a hacer algo que no quieres hacer. Que nadie te insulte o te pegue. Que nadie te compre. Que nunca nadie sea más que nadie…
El pequeño Jesse no comprende, pero no pregunta. Hoy es mejor no preguntar.

viernes, 8 de agosto de 2014

Jesse

Primero, la tierra.

Jesse se inclina y apoya una de sus rodillas en el suelo. Nota como la tierra se adhiere a su piel. Busca el equilibrio con el otro pie que está al lado de su rodilla. Cuando lo encuentra yergue el tronco. En esa posición mira al horizonte. Allí está la línea. Se deja caer hacia delante y apoya sus dos manos en el suelo. Toca la tierra. La textura es suave, su color oscuro, no huele a nada. Es muy diferente de la que hay donde nació. Allí la tierra es dura, huele a algodón y a sufrimiento. Tiene el color de la sangre de la esclavitud que vivieron sus abuelos. Como tantos otros. Apoya los dedos pulgar, índice y medio. Aguantan todo su peso. Las yemas palidecen, su moreno es menos oscuro mientras se hunden en la tierra. Jesse cierra los ojos. Respira relajadamente. Equilibrio. Mira su carril y la línea. En su mente solo existe el carril y la línea que lo corta. Hunde la cabeza entre sus hombros. No hay nada de tensión en su cuerpo. Su mente está vacía.

El juez dice una palabra. Jesse levanta la cadera, luego la cabeza. Deja de respirar. Tensión.

Ahora es como un resorte a punto de saltar.

Otra palabra. Suena un disparo.

Segundo, el impulso.

Tras el disparo, Jesse se apoya sobre la pierna flexionada. Descarga toda su fuerza sobre ella. Enseguida apoya la siguiente. Entre paso y paso vuela por el aire. Corre. Siente como la energía del movimiento bajan su cadera y el tronco. También hace batir sus brazos. Cuando lleva recorridos varios metros alza la cabeza. Gracias al impulso ha alcanzado su velocidad máxima. Desde entonces deberá mantenerla. El impulso marca la carrera y la llegada a la línea. Como la vida. En su carril hasta la línea.

Tercero, el sufrimiento.

Pese a que la línea está cada vez más cerca, su respiración es rápida, casi tanto como el ritmo frenético de sus piernas. Abre la boca. Es como si todos los poros de su piel necesitaran respirar. El corazón late rápido. Nota como el esfuerzo le golpea las sienes. Las piernas queman. Sufre. Es difícil mantener la velocidad del impulso. El sufrimiento comienza a ser dolor, aunque es un dolor controlable. Si quisiera podría dejar de sentirlo. Sería fácil, solo tendría que parar. Puede elegir, otros como sus abuelos no pudieron. Elige seguir aunque duela. En su carril hasta la línea.

Cuarto, el final.

Nota que ya no puede más. La velocidad aminora pero está tan cerca del final que saca fuerzas de flaqueza y sigue. Si los rivales fueran peor que él podría apaciguar el dolor. Duda en mirar a un lado, Sin embargo no lo hace. Adelanta la cabeza justo cuando cruza la línea. Entonces, solo entonces vuelve en sí. Al estadio. La multitud grita, aplaude. Jesse mira alrededor. Ha ganado. No deja de correr, ahora más despacio. La respiración vuelve a la normalidad, el corazón late más tranquilo, las piernas ya no queman. Grita de felicidad. Hoy el final ha sido feliz.

Jesse Owens acaba de ganar los cien metros lisos en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.
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jueves, 31 de julio de 2014

Crónica de una etapa del CC JUYMAR.


"¡Con lo fácil que es esto! ¡Si solo hay que dar pedales!"

 

El reloj de la Plaza del Ayuntamiento marca las 7:57 y un ciclista recorre la Calle Madrid hacia allí. Cada domingo se cita junto al resto de sus compañeros frente al Ayuntamiento, dependiendo del mes a una hora distinta. En verano, como es el caso, quedan a las ocho para evitar que la etapa se alargue hasta el mediodía, cuando el calor aprieta. En cambio, en invierno la hora de la cita es más tarde para evitar el frío de la primera hora. De camino a su destino se cruza con varios grupos de trasnochadores que deambulan cansados, un chico le grita: "¡Vamos Contador!". El ciclista ni se inmuta, está acostumbrado al típico ánimo etílico que acompaña al nombre del ciclista de moda. En su día era el de Perico, más tarde Induráin. Aunque de todos, el más repetido es el del segoviano, que nunca ha pasado de moda. Si así hubiese sido indicaría la edad tardía del trasnochador a lo cual el ciclista podría haberle contestado: "¡Vete para casa que ya tienes una edad!".

El reloj marca en sus grandes números amarillos las 7:58 y el ciclista ya ha llegado a su destino. Allí hay nueve de sus compañeros. No son tantos como otras veces ya que las vacaciones hacen que haya gente que se salte su cita ciclista dominical. En otras ocasiones se han llegado a juntar más de treinta. Alguno de los jubilados está sentado en uno de los bancos de la plaza, esperando la salida. Otros están en pequeños grupos en los que comentan los hechos de la última etapa: las rampas más duras del Herradón, el frío, el continuo subir y bajar de las carreteras de Ávila...

Son las 8:00 y hay quien pregunta por alguien que falta. Otro le recuerda que está en la playa. A las 8:01 suenan unas campanas. El jubilado se pone en pie: "Vámonos ya, que por ahí están llamando a misa". Como si fuese el aviso de salida todos van montando sobre sus bicicletas y se oyen multitud de clacsclacs del enganche de los pedales automáticos. La etapa que les llevará hasta Chinchón comienza.

Si algo hay claro en el club es que hasta la parada del avituallamiento siempre se va en grupo por lo que el principio es muy tranquilo. Hay que reagruparse en fila de a dos para ir todos juntos. Esto permite que puedan ir hablando con la persona con la que se forma pareja. Unos y otros van comentando. Por las fechas que son el tema principal de debate es el Tour. Que si hubiese estado Froome o Contador hubiese sido otra carrera, que si Valverde nunca ganará un Tour… Así pronto se desvían a la carretera que une Pinto con San Martín de la Vega. En esta hay una pequeña cuesta por lo que los más lentos se quedan un poco atrás. El resto baja el ritmo para esperarles. Cuando el coche del club llega tras el último, aumentan de nuevo la velocidad para ir otra vez en grupo.

En el desvío para encaminarse a la cuesta de la Radio cogen a un compañero que va solo. Él prefiere salir antes e rodar tranquilamente hasta que en un punto que previamente ha calculado le absorbe el grupo. De todos los que van son éstos, los más lentos y tranquilos, los que más mérito tienen de montar en bici de domingo a domingo. Sin duda son los que más se esfuerzan.

El grupo se vuelve a romper cuando afrontan la subida de la Radio. Hay a quien las cuestas le motivan y las afronta a tope, como si cada cuesta fuese la última y se pone de pie de vez en cuando para aliviar la pesadez de las piernas. Otros las toman con tranquilidad, esperando la llegada de la próxima cuesta como si hubiese muchas más detrás de la última. Cuando los primeros llegan arriba se dan la vuelta en busca de los últimos para acompañarlos hasta la cumbre. Cuesta abajo es fácil alcanzar a los compañeros por lo que pronto, primeros y últimos forman un pequeño grupo. Mientras suben lentamente son adelantados por un adulto y un niño. Padre e hijo, se entiende. El niño está rellenito, más bien regordete. Los michelines se le marcan en la zona baja del maillot y la licra del culote está completamente estirada alrededor de los anchos muslos. Es entonces cuando uno de los que se quedaron rezagados nada más empezar a subir le dice al que se ha dado la vuelta: "Mira al niño. Así estaba uno que entró hace muchos años en el club". Sonríe de medio lado mientras se retuerce sobre la bici.

Antes de llegar a Chinchón se afronta otra subida. Esta es conocida como la de los Molinos por los restos de estas estructuras que se encuentran en el cauce del Tajuña, muy cerca donde comienza la subida. El grupo se vuelve a deshacer en pedazos y otra vez los primeros dan la vuelta al llegar al pueblo para acompañar a los últimos hasta el sitio del desayuno. El desayuno se hace, dependiendo de cada pueblo, en “el bar de siempre”. Aunque haya veces que “el bar de siempre” cambia de lugar. Es un fenómeno desconocido y aún por estudiar como los sitios de siempre pueden cambiar su ubicación misteriosamente.

Frente a “el bar de siempre” comienza el desayuno. Cada uno saca de los bolsillos del maillot la comida que le repondrá de energía: mueslis, frutos secos, fruta escarchada, membrillos, bocadillos e incluso hasta algún precavido no perdona el pincho de tortilla que le dan de aperitivo en “el bar de siempre”. 

Algunos desayunando frente a "el bar de siempre" de Chinchón


Después del desayuno el tramo de vuelta a casa es libre o más bien se podría decir que es un sálvese quien pueda, si es que vas en el grupo de delante. La salida de Chinchón pica hacia abajo y los primeros aprietan, para algunos demasiado pese a la bajada, por lo que se quedan en otro grupo más atrás.

Pasan a un grupo de ciclistas, muchos de ellos son chavales y chavalas. Se trata, seguramente, de una escuela de ciclismo. Viéndolos más de uno recuerda lo herido de muerte que en nuestro país está este deporte cuando las estrellas nacionales que más brillan han pasado de sobra la treintena.

Pero no dejamos el grupo de delante, en el que alguno sufre por mantener el ritmo. Entre estos ciclistas hay más de un jubilado que aguanta mejor que otros mucho más jóvenes el ritmo demencial. Cuando se empiezan a oír quejas, alaridos y reproches el ritmo baja. Entonces uno de los jubilados se acerca al primero y le grita: "¡Con lo fácil que es esto! ¡Si solo hay que dar pedales!" El mismo jubilado se ha encargado de recordar a varios que si están de vacaciones pero no se marchan de Getafe: “…el que quiera que se venga, los martes y los jueves, a las ocho y media en la puerta de la base, unos kilometrillos y a las doce y cuarto estamos en casa. ¡Con café y porra incluidos!”

Antes de llegar a San Martín de la Vega el grupo delantero se cruza con unos compañeros del club que no han salido con el resto. Van abriendo camino en sentido contrario. “Es para el otro lado” les grita alguno. Hoy no han madrugado lo suficiente para salir con todos.

Tras muchas quejas e incluso un intento de revolución, el grupo delantero comienza a subir la Marañosa. Para algunos, hace tiempo, la Marañosa era un puerto. Se hacía largo y duro si venías tocado del resto del recorrido. Después, cuando uno consigue adaptar su cuerpo al constante devorar de los kilómetros sobre la bici puede considerarla una concatenación de cuestas que afronta fuerte y seguro. Pero nunca sin perderle el respeto. Porque la Marañosa nunca es igual, pese a los cientos de veces que uno la puede haber subido. Hoy en la concatenación de cuestas manda el jubilado con sus recién cumplidos 72 años, marca el ritmo desde el principio y pese a que al final le ha costado encontrar el desarrollo adecuado, ha coronado el primero. Tras pasar la línea pintada en el suelo con las letras PM, esperan al resto del primer grupo que se ha ido descolgando en la subida y vuelven agrupados hasta el parking de el Greco de Getafe.

Apenas han pasado veinte minutos y llega el coche del club tras los últimos rezagados. En el maletero llevan una neverita en la que han refrigerado con varias bolsas de hielo cervezas, cocacolas y aquarius. También hay bolsas de patatas, cortezas y aceitunas. Pronto empiezan a repartirse las bebidas y la comida, alguno enlaza una lata de cerveza tras otra. Es entonces cuando empieza la segunda parte de la etapa que se puede alargar, según se tercie, más tiempo que el recorrido hecho en bicicleta. Y este también es un tramo libre donde cada uno lleva su propio ritmo…

jueves, 17 de julio de 2014

Los 100 años de Gino y el Galibier


Hoy, 18 de julio de 2014, se cumplen cien años del nacimiento del protagonista de la novela que llevo escribiendo desde hace meses, Gino Bartali. El destino quiso que ese mismo día, a cientos de kilómetros de donde nació, la etapa del Tour subiera uno de los puertos más colosales de los Alpes: el Galibier. Hay veces que el destino es caprichoso. Gino y el Galibier no sólo se cruzaron en el momento del nacimiento de aquel si no que, a lo largo de los años, ambos se retaron varias veces. Una de aquellas ocasiones es la que presento en este relato extraído de mi libro donde se cuela otro ciclista, Mario Vicini.

 Espero que os guste.

 
23 de julio de 1938.

Etapa 15 del Tour de Francia.
 

Esa mañana Gino no se encontraba bien. Tenía las piernas muy cargadas y su cuerpo le pedía un descanso que la carrera no le podía dar. Aún le pesaba el esfuerzo del día anterior y ese día debían subir el Galibier y el inédito Iseran en una etapa de 311 kilómetros. Todo eso le generaba dudas, ¿sus rivales tendrían también ese cansancio?, ¿pagaría el esfuerzo del día anterior? Gino le expuso sus dudas a Girardengo, su director de equipo y éste le contestó:

−No fuerces más de lo que puedas. Piensa que si tú estás cansado el resto de tus rivales también lo está. Trataremos de que no te quedes atrás y sí así ocurre la gente del equipo te ayudará. Mario se quedará contigo.

 Mario Vicini había sido la revelación del Tour del año anterior. El seleccionador italiano  para el Tour de 1937, Ambrosini, le había convocado para correr el Tour pero cuando supo que el equipo al completo trabajaría para que Gino consiguiera el maillot amarillo se negó a acudir. Vicini se consideraba un ciclista con experiencia en carreras de varias semanas: había corrido los Giros de 1936, 1937 y el Tour de 1936 como independiente. Además ya contaba en su palmarés con bastantes victorias en carreras de un día, por lo que no se descartaba como favorito para llevarse el Tour y por lo que no quería trabajar para otro. Una vez que le negó a Ambrosini la convocatoria con la selección italiana, tuvo que inscribirse como ciclista independiente para poder participar en la carrera.

Los corredores inscritos como independientes no contaban con ningún equipo técnico que les ayudase. Esto significaba que los propios ciclistas tenían que organizar los viajes hasta cada salida, reservar los hoteles donde dormir y no podían ser ayudados durante el transcurso de las etapas. Tal era el coste que le iba a suponer correr el Tour que a principios de 1937 Vicini tuvo que vender dos medallas que había logrado como aficionado para conseguir el dinero suficiente para el viaje a París y la manutención durante el propio Tour. A pesar de las dificultades, al final de la carrera consiguió un meritorio segundo puesto. En la historia del Tour ningún ciclista inscrito como independiente hizo mejor clasificación que Vicini en aquel Tour de 1937.

En cambio, esa edición de 1938 era diferente. Vicini no había tenido más remedio que aceptar la convocatoria de la selección italiana, ya que ese año fue el primero en el que la organización del Tour eliminó la posibilidad de que los independientes pudieran correr. A cambio, habían permitido que participaran otros corredores convocados por las selecciones en la categoría de Cadets and Bleuets. Vicini, como un miembro más del equipo italiano, ya no tenía que preocuparse de organizar sus viajes ni reservar donde dormir y que comer. A cambio debía aceptar su papel de gregario para Gino.

La temporada de 1938 había comenzado muy bien para Vicini, ya que se había impuesto a Gino en el Giro di Toscana Durante el Giro había conseguido vestir la maglia rosa en la segunda etapa pero se tuvo que retirar de la carrera debido a una caída en la quinta etapa.

Vicini no perdía de vista a Gino mientras comenzaban las primeras cuestas del Galibier. Antes de la salida de aquella etapa Girardengo se había dirigido a él:

−Mario, hoy tienes que ser la sombra de Gino. Quédate con él todo el tiempo que puedas. Hoy tienes que ser su hombre de confianza.

Vicini afirmó con un gesto serio. Quizá Gino no estaba tan fuerte como se esperaba.

Estaba obedeciendo al pie de la letra a su director deportivo. Hasta entonces no se había separado de su líder en ningún momento, salvo las paradas necesarias en las fuentes de los pueblos en las que había rellenado sus bidones y los de Gino. Una vez cargados en el maillot, había remontado hasta las posiciones de cabeza para entregarle la bebida a su líder. También había recogido su propio avituallamiento y se había preocupado de que Gino hubiese cogido el suyo. En el caso de que a Gino se le hubiese caído algo del avituallamiento o no hubiese acertado a coger la bolsa, Vicini hubiese tenido que darle su avituallamiento. Así era la labor del gregario.

Llevaban recorridos pocos kilómetros de subida, cuando el segundo clasificado de la general, Mathias Clemens, había empezado a pasarlo mal. Fue entonces cuando el compañero de la selección, Bergamaschi, se acercó a Gino para comentarle:

−El de Luxemburgo lo está pasando mal. Se le nota en la cara.

Gino miró hacia atrás buscando a Clemens entre el pequeño grupo de ciclistas que aún estaban en el grupo. Como le había dicho Bergamaschi, Clemens tenía el gesto de la cara torcido, con la boca abierta. Además tenía muy tensos los brazos sobre el manillar, como si quisiera tirar más con ellos que con sus propias piernas. Gino se dirigió a Vicini:

−Mario, sube un puntito la velocidad. A ver que hace Clemens.

Vicini se puso en cabeza marcando un ritmo más alto y constante y al cabo de un par de minutos Clemens no pudo aguantar con el grupo. En esa etapa perdería toda opción al podio de París.

Aunque ya se había descolgado Clemens, Vicini seguía el primero del grupo. El ritmo que iba marcando no era excesivamente rápido, puesto que él estaba acostumbrado a los fuertes cambios de ritmo como buen escalador que era. Recordó lo que le había dicho Girardengo respecto a permanecer al lado de Gino y cómo entonces había dudado de las fuerzas del líder de la selección italiana ¿si le necesitaba a su lado era porque se encontraba mal? Por un momento pensó que, si Gino fallara, él podría asumir la tarea de intentar conquistar el Tour. Ya el año pasado había demostrado que podía conseguirlo tras acabar segundo, ¿por qué no iba a poder hacerlo este año? Quizá si Gino flaqueara podría atacar y abrir un margen de tiempo suficiente para apurar sus opciones a la clasificación general. Pero eso chocaba literalmente con lo que Girardengo le había pedido, él tenía que quedarse con el maillot amarillo, tenía que ser su sombra. Por otra parte, no entendía por qué Gino, si no tenía el día, le había pedido que aumentara la velocidad para descolgar a Clemens. Miró para atrás y observó a los corredores que iban en fila de a uno. El ritmo que había impuesto estaba haciendo una escabechina y se estaban descolgando muchos corredores. Otros estaban sufriendo por estar en el grupo, todos menos Gino, su jefe de filas. Iba muy bien. Comenzó a sentirse mal por haber pensado en escaparse si flaqueaba. Sin duda era más fuerte que él.

Solo quedaban un par de kilómetros para la cumbre del Galibier y Vicini comenzó a sentir una fuerte fatiga y falta de energía. A pesar de que no se encontraba mal de piernas, el cansancio empezó a hacer que le costara concentrarse e incluso pensar. Por experiencia, Vicini sabía que esas sensaciones eran debidas a que no había comido o bebido lo suficiente. Repasó lo que se había llevado al estómago antes de empezar el puerto. Cuando llevaban recorrido una hora y media de etapa, Martano, miembro de la selección italiana, le había dado tres pasteles de arroz y un plátano. Recordó los momentos en los que se comió dos de los pasteles y también cómo había tirado la cáscara del plátano mientras iba en la bicicleta, por lo que también se lo había comido. Pero no consiguió recordar cuando había comido el tercer pastel. Se llevó la mano al bolsillo del maillot. Ahí estaba. No se había comido todo el avituallamiento. Se lamentó. Había cometido un error de principiante. Pensó en comérselo en ese momento, pero eso le haría bajar el ritmo y no podría acompañar a Gino mucho más. A pesar de que iba a sufrir, lo mejor era aguantar hasta arriba. Ya quedaba poco. Durante el descenso podría comerse el pastel de arroz y recuperarse. Sabía que tras el Galibier el resto de la etapa se lo tendría que tomar con muchas más calma para no tener un desfallecimiento mayor.

Vicini miraba hacia el frente escrutando la cumbre del puerto, pero se lo impedían los sucesivos virajes a derechas y a izquierdas que remontaban la pendiente. Intentaba ver la cumbre detrás de cada curva y mentalmente se propuso alcanzar cada una de ellas como si de una meta se tratara. Como para alcanzar las curvas tenía que ir avanzando metro a metro, pedalada a pedalada, también se convenció de que cada pedalada era una pequeña meta. Tenía que dividir todo el recorrido que le quedaba hasta la cumbre. Vicini se descubrió pensando en una frase: “Divide y vencerás”. Era una frase conocida que había aprendido en el colegio, pero no recordaba que personaje histórico la había dicho. Pasó una curva y no había rastro de la cumbre. Al principio pensó en la frase una sola vez, pero al cabo de poco tiempo cuando no podía más del esfuerzo, esa frase la repetía una y otra vez mentalmente:

Divideyvencerásdivideyvencerásdivideyvencerásdivideyvencerás…”

Vicini notaba a Gino detrás de él. ¿Y si le decía que no podía más? Otra curva y detrás no se veía la cumbre. Quizá si se justificaba contándole que no había comido bien podía dejarle marchar. No. Para Vicini el sufrimiento por el que estaba pasando era el castigo por haber pensado que podía aguantar más que Gino, más que su líder. Tenía que darlo todo. Otra curva y no alcanzaba a ver el final del Galibier.

A pesar de que se habían quedado solos a unos metros de ventaja respecto a otro pequeño grupo, Gino se había dado cuenta que Vicini iba pasándolo mal. El ritmo había decaído y le empezó a animar:

−¡Vamos, Mario! Lo estás haciendo muy bien.

A Vicini la voz de Gino le sonaba muy lejos. No sabía lo que le había dicho pero no tenía muchas fuerzas para mirar atrás. No lo hizo por miedo a caerse e incluso se dio cuenta de que para comerse el pastel de arroz quizá debía parar.

Divideyvencerásdivideyvencerásdivideyvencerásdivideyvencerás…” ¿quién había dicho esa cita? Vicini creyó estar en el aula del colegio, olió la madera del pupitre y vio a su profesor diciendo la frase en latín. Otra curva y por fin un poco más allá la cumbre. Vicini suspiró. Relajó los hombros y los brazos. Gino le dijo:

−Pasa tú primero por la cima, Mario. Después yo me lanzaré para abajo.

A pesar de que le costó un suplicio, Vicini le contestó:

−No, Gino, pasa tú y así consigues la bonificación de un minuto. No puedo más…

−No, hoy serás tú quien corone el Galibier. Te lo has ganado. Gracias Mario.

Vicini y Gino en la cumbre del Galibier.

 
Pese a él mismo, Mario Vicini coronó el Galibier. Tras la cima sacó del bolsillo del maillot el pastel de arroz y se lo empezó a comer con ansia. Gino ya le había adelantado. Vicini observó como Gino se alejaba a gran velocidad.

−Julio César…− por fin lo había recordado.

Vicini se dejó en la meta algo más de veinticinco minutos respecto al primero de la etapa.

 

jueves, 24 de abril de 2014

Serse Coppi y la París Roubaix


18 de abril de 1949.

París- Roubaix.

 
Serse Coppi trata de mantenerse sobre su bicicleta en el tramo de pavés por el que está pasando. Le cuesta mantener el equilibrio sobre los adoquines bañados de agua y barro en los que su bicicleta no para de traquetear. Serse no deja de oír el ruido continuo del metal de las diferentes partes de su bicicleta chocando entre sí. La cadena roza con el desviador y atrás golpea las vainas, las bielas parecen que se van a caer del cuadro y las ruedas literalmente saltan de un adoquín a otro. En esos momentos puede sufrir un reventón o cualquier avería mecánica, pero no deja de pedalear ya que en el pavés hay que ir lo más rápido posible, como el resto de ciclistas que le acompañan. Todos van rápidos y muy juntos. La calzada es tan estrecha que los manillares se tocan unos con otros, los ciclistas se estorban entre sí y se dan gritos y empujones. Tras una curva a su izquierda Serse se incorpora a una carretera ancha y lisa por lo que deja de oír el traqueteo. Suspira aliviado. En la nueva calzada el pelotón se ensancha y el ambiente se tranquiliza. Mira a un lado y a otro y a su derecha encuentra a su hermano Fausto, que también le está mirando. Fausto también suspira, “Al fin y al cabo él también sufre” piensa.

Serse, el presumido, el galán, el que monta en bicicleta para aumentar su estatus social, no entiende a su hermano Fausto, el tímido, el enjuto y que monta en bicicleta por placer y arte. Ambos, hijos de agricultores en plena época de entreguerras y que crecieron conociendo el hambre y la necesidad, un día comenzaron en el mundo del ciclismo para escapar de ambas. Pero a partir de ahí, pese a que comenzaron un camino en común, comenzaron a divergir.

-          Antes de entrar en cada tramo de pavés hay que ir bien colocado- le dice Fausto tras el suspiro.

Serse piensa que Fausto tiene razón. Antes ya ha visto como el gran grupo al pasar de una carretera ancha a una mucho más estrecha forma un embudo el cual hace que el pelotón se estire. En estos casos, si se produce un intento de fuga por parte de la gente que vaya en la parte de delante es muy difícil unirse a ella. A eso hay que sumar que si se produce una caída importante que bloquee el paso de los ciclistas que se han quedado atrás se pierda un tiempo precioso que después hay que recuperar. Por todo ello es importante estar delante del pelotón cuando se acerquen a un nuevo tramo de pavés, pero ¿Cuándo será el siguiente? Para Fausto y para él es la primera vez que corren en la París- Roubaix y no conocen cuando será el siguiente tramo.

-          ¡Vamos!- le dice Serse a Fausto y comienzan a remontar posiciones en el gran grupo.

Cuando ya está en el nuevo tramo de pavés, Serse no aparta la mirada de la calzada por la que circula, sabe que en el lateral hay una franja de terreno libre de adoquines donde puede evitar el tembleque que provocan éstos. Pero su ancho es de apenas diez centímetros y está muy cerca del público que abarrota la carrera. Se va tan deprisa que un espectador despistado puede apartarse demasiado tarde al paso de un ciclista y tirarle. A eso hay que añadir que con la lluvia de los últimos días en esa franja libre de adoquín se puede encontrar barro. En uno de los primeros treinta tramos de pavés que tiene la carrera Serse ha visto como un belga, al coger ese lateral, ha dado con sus huesos en el suelo cuando se le ha resbalado la rueda delantera. Prefiere ser precavido y aguantar en el centro de la calzada pese a que desde hace tiempo las muñecas y los brazos los tiene completamente cargados. Antes de entrar en los adoquines ha colocado las manos en la parte baja del manillar, cerca de las manetas de freno, no vaya a ser que tenga que echar mano de ellas y las aguanta ahí hasta la salida del adoquinado. No se atreve a moverlas por miedo a perder el control de la bicicleta. Al salir de ese tramo, Serse apoya las manos en la parte central del manillar para darse un respiro y es entonces cuando se da cuenta de un dolor en la palma de la mano, se da un tiempo y la mira entre el hueco de sus guantes y descubre que se ha hecho una herida como consecuencia del roce con el manillar y el tembleque del dichoso pavés. Afortunadamente con el dolor de piernas que lleva no le duele tanto la herida. Fausto se acerca por detrás:

-          ¿Qué has comido?

-          ¿Qué?- Serse está pensando en la herida y no ha escuchado.

-          ¿Qué si has comido algo?- le grita Fausto, no sin antes hacer una mueca de reproche.

Ahora Serse si le ha escuchado bien y antes de contestar observa a su hermano mayor. Fausto, el que se sincroniza con su bicicleta de tal manera que la máquina y el hombre parecen uno solo con un pedaleo constante y ágil y en cambio Serse es el que se pelea con ella para llegar a tener un ritmo irregular y trabado. Fausto, el que ha contratado a un nutricionista y a un masajista en exclusiva y sin embargo Serse es el que come lo que le viene en gana a cualquier hora y cuando termina una dura etapa sobre la bicicleta prefiere tumbarse en la cama y no recibe a ningún masajista. Fausto, el que ha ganado Giros de Italia, Milán- Sanremo y ha batido el récord de la hora y Serse es el que aún no ha estrenado su casillero de victorias. Fausto, al que el gran equipo Bianchi llamó a su puerta hace años para ser el líder del equipo y Serse el que fichó también por ellos como una de las condiciones que puso el nuevo campionissimo para su contratación. Fausto siempre tan perfecto y tan encima de Serse.

-          Sí, Fausto, sí. Dos bolas de arroz y un plátano. No te preocupes por mí.- y para sí mismo termina diciendo- No tienes que preocuparte por mí.- y afrontan una curva a la derecha que les lleva a un nuevo tramo de pavés. Serse pasa a la cabeza del pelotón. Está enfurecido.

Después de pasar el tramo de pavés, Serse está solo, no le acompaña nadie. Estaba tan absorto en lo que iba pensando que sin querer ha impuesto un ritmo tan alto que ningún ciclista le ha seguido. Serse sabe que está muy lejos de meta y que no llegaría a ganar por lo que baja la velocidad para dejarse atrapar por el grupo. Atacar de lejos es el estilo de Fausto, no el suyo. Al bajar la velocidad, Serse también se tranquiliza mentalmente y se convence de que quizá él dependa de su hermano mayor en muchos aspectos, pero sabe que Fausto también depende de él. Si no ¿qué hubiese sido de la vuelta de Fausto a la competición? Aún recordaba la estancia en Roma después de que acabara la segunda guerra mundial. Allí corrieron en un equipo Società Sportiva Lazio durante unos meses en los que no les aseguraban el sueldo, ni el material, ni las carreras en las que competir. Fausto no paraba de maldecir los años perdidos por la guerra y Serse tenía que convencerle cada mañana para salir a entrenar recordándole que tenía que demostrar a todos que aquel ganador del Giro de 1940 había vuelto para seguir ganando. ¿Qué hubiese sido del pesimista Fausto sin el optimista Serse? Envuelto en sus pensamientos Serse es absorbido por el gran grupo y nota una mano que le toca en la espalda.

-          ¿Qué te ha pasado? ¿te has agarrado a una moto de la organización?- pregunta Fausto.

-          La emoción de la carrera, ya sabes…- y Serse sonríe a Fausto.

 

Pasan los kilómetros y Serse siente como el agua y el barro que levantan las ruedas de las bicicletas se le ha ido adhiriendo a su piel. En la cara el sudor y el barro forman una mezcla que a veces le entra en su boca. La mezcla sabe a sal y a arena por lo que escupe cuando nota ese sabor. Cuando siente sed echa mano del bidón y también escupe el primer trago por el barro que se ha quedado en la boquilla de éste. Al igual que su cara, siente su espalda y el culo calados por el agua y el barro que son expulsados por su propia rueda trasera. En esos momentos se siente guarro. Serse maldice a los adoquines, al barro, al agua y al belga y dos franceses que se han ido por delante del grupo delantero en el que está. Lleva algo menos de 240 kilómetros de etapa en las piernas, quedan unos diez kilómetros para terminar y lo peor de todo es que el ritmo del pelotón es frenético. “Al menos ya solo queda un tramo de pavés más”, se consuela.

Serse mira a su hermano Fausto y reconoce la mueca de sufrimiento que en pocas ocasiones le ha visto. Cuando Fausto sufre sobre la bicicleta, tuerce la cara y su vista parece perdida. También arruga la nariz y levanta un poco el labio superior. Como si Fausto supiera que la mirada de su hermano Serse fuese una pregunta le dice:

-          ¡Uffffff! No voy. No tengo piernas.

Serse se sorprende al ver que él va más entero que su hermano Fausto. ¿Cuántas pedaladas han compartido juntos? ¿Cuántos miles de kilómetros de entrenamientos alrededor de Novi Ligure? Y siempre Fausto más entero y por delante de él. ¿Cuántas veces no se ha dado por vencido cuando subiendo cualquier cuesta en paralelo a Fausto ha sido incapaz de mantener el ritmo que imponía él? Y ahora es él el que va mejor. Serse nota que aún tiene fuerzas y se mantiene en la cabeza del pelotón mientras su hermano aguanta como puede en la cola del mismo.

El último tramo de pavés está en la ciudad de Roubaix. Es corto y Serse apenas lo nota bajo él. Cuando lo pasa se siente liberado del maldito traqueteo y en su cabeza solo le ronda la idea de llegar al velódromo. El ritmo en el pelotón es muy alto. Parece como si todos hubiesen olvidado los casi 250 kilómetros recorridos, los tramos de pavés, las caídas, las averías mecánicas, el agua y el barro. Todos están nerviosos por llegar lo antes posible. Eso a pesar de que estando tan cerca de meta está claro que la victoria de la carrera se la van a disputar los tres de delante. La llegada al velódromo de Roubaix es precedida por una curva que hay que tomar con prudencia, Serse lo hace y sigue en la zona delantera del grupo. Una vez en el velódromo, los ciclistas tienen que dar una vuelta y media para terminar la carrera. Antes de pasar por primera vez por meta, Serse levanta un momento la cabeza para hacerse a la idea de como tiene que lanzar el sprint. Sin querer observa a los tres escapados que ya están en la línea de meta. No le da tiempo a analizar mucho más, puesto que tiene que hundir su cabeza en el manillar para mantener la velocidad y defender su posición. Aunque no sea el sprint de la victoria, lo va a disputar. Cuando quedan algo menos de doscientos metros un belga que va delante suyo lanza el sprint poniéndose de pie sobre su bicicleta. Serse se incorpora también sobre ella y empieza a adelantarle por su derecha. Primero alcanza su rueda trasera, después pasa al propio ciclista. Es en ese momento cuando el contrincante ha notado su presencia y trata de apretar más. Cuando Serse va a alcanzar su rueda delantera imagina que es la de Fausto. Por un momento en la que las dos ruedas van en paralelo cree que no va a poder con él, que Fausto una vez más será mejor y que él de nuevo habrá perdido. Pero Serse, en un último y desesperado esfuerzo hunde con rabia aún más los pedales, estira su bicicleta con las dos manos alejándola de sí mismo y pasa por delante del belga en la línea de llegada. Serse está exhausto.

La inercia de la bicicleta hace que ruede durante bastantes metros sin dar una sola pedalada. Ha recorrido un lateral completo de la pista y decide terminar la vuelta por lo que empieza a pedalear otra vez lentamente. En esas primeras pedaladas después del sprint se nota las piernas cargadas. Hay muchos ciclistas a lo largo del recorrido por lo que los tiene que esquivar. Entre ellos está Mahé, que está dando la vuelta de honor, él ha sido el ganador de la carrera. Cuando llega de nuevo a meta ve a Fausto que está hablando con un juez de carrera. Fausto está haciendo gestos ostensibles y el juez de carrera le enseña las dos palmas de las manos como pidiendo calma. Cuando los hermanos cruzan las miradas Fausto indica a Serse que vaya hasta allí. Cuando llega, su hermano le dice.

-          Los tres primeros se han equivocado de recorrido y tienen que ser descalificados. ¡Has ganado la carrera Serse!

Serse se queda sin palabras. Le invade una sensación de euforia pero también de intranquilidad. No tiene tan claro como Fausto que le vayan a dar como ganador tan fácilmente.

-          Pero ¿Qué ha ...?

Serse no termina de preguntar porque le corta el juez de carrera increpando a Fausto:

-          Eso tenemos que estudiarlo, ha sido un error de la organización.- con la mirada empieza a buscar a alguien por detrás de los Coppi para salir de la situación- Discúlpenme tengo que tratar el asunto.

El juez de carrera se marcha dejando a los dos hermanos.

-          Serse, tranquilo. Voy a hacer todo lo posible para que se reconozca tu victoria. ¡Has ganado la París- Roubaix!

Fausto abraza a Serse y éste se emociona por las palabras de su hermano. Sabe que va a luchar todo lo que pueda para que le otorguen la victoria y se pregunta qué podría hacer sin él.

La noticia de la posible descalificación había corrido rápido entre todos los presentes, incluso antes de que llegara el pelotón, por lo que los ciclistas que rodean a los hermanos comienzan a felicitar a Serse, los periodistas empiezan a hacer fotos y la gente posa junto al campeón. Finalmente se acerca un juez de carrera a y le dice que él será quien suba al pódium como primero de la carrera. Serse pasa el brazo por detrás a Fausto y le da un beso en la mejilla. Alguien inmortaliza el gesto con una fotografía.

 

 

El deporte en general y el ciclismo en particular son bastante crueles con aquellos que acompañan y llevan al ganador a la victoria. Podríamos recitar de memoria los ganadores de los últimos años del Tour, Giro y cualquier otra clásica, pero es difícil que nos acordemos de algunos o todos los compañeros que les ayudaron a conseguirlas. Siempre recordamos al ganador, pero no al compañero que le ayudó para conseguirla. Y es que hay quién dirá que el ciclismo es un deporte individual. Y lo es en cuanto a que la bicicleta es impulsada por UNO MISMO, pero a partir de ahí el componente grupal y la colaboración de los compañeros es una parte fundamental para que se pueda conseguir cualquier tipo de victoria individual. En el argot ciclista, aquellos que acompañan al líder se denominan gregarios. Este término no es casualidad ya que el fin de su trabajo es acompañar y cubrir las necesidades de aquel. Suministrarle agua, comida, ropa de abrigo y en caso necesario darle su propia bicicleta si es que le hace falta.

Fausto fue el primer ciclista moderno en muchas cosas. Se preocupaba por mantenerse extremadamente delgado en épocas de competición y llevaba una estricta dieta. Fue de los primeros que contó con masajes varias veces por semana y era muy perfeccionista en sus entrenamientos. Como no podía ser de otra manera, también impulsó la labor del gregario para conseguir sus propias victorias. Y si Fausto fue el primer ciclista moderno, Serse fue el primer gregario de lujo. No solo porque le acompañara y trabajara para él en cada carrera, si no porque le acompañaba más allá de ellas. Serse era el complemento perfecto de Fausto y aquel que le daba ánimos cuando el campionissimo no se sentía como tal.

En una época en la que llevar la chichonera no estaba bien visto, Serse sufrió una fuerte caída. Era el 20 de junio de 1951 y se disputaba la etapa que finalizaba en Torino durante el transcurso del Giro del Piamonte. Como tan solo se encontraba a un kilómetro de meta se subió a su bicicleta y llegó a ella. Una vez en el hotel comenzó a quejarse de un fuerte dolor de cabeza y media hora después perdió el conocimiento. Nunca más lo recuperó. Los que conocieron a Fausto coincidieron en señalar que desde la muerte de su hermano jamás volvió a ser el mismo.

                Este relato pretende ser un homenaje a Serse, el gregario de lujo de Fausto, sin el cual no habría conseguido muchas de sus victorias.

 

Sesenta y cinco años después de aquello, la París- Roubaix sigue siendo una de esas carreras que no deja indiferente a nadie que la corra o la vea. Sigue habiendo casi 50 kilómetros de duro pavés en casi 30 tramos en los que un lateral sin adoquines puede dar un respiro a los ciclistas. Aún hoy en día puedes ver el barro adherido a los ciclistas, si es que ha llovido días antes, y si no ha sido así, es el polvo el que deja la huella en sus rostros cansados.

Valga este relato como homenaje también para ella, para la grande entre las grandes. La París- Roubaix.

miércoles, 9 de abril de 2014

Los guantes de Kahn


Oliver Kahn no se lo puede creer. En veinte años de experiencia defendiendo la portería de todos los equipos en los que ha jugado jamás ha vivido una noche como aquella. Y por supuesto nunca en los 140 partidos que ha disputado en competición europea. Pese a la mala imagen mostrada por su equipo, han conseguido clasificarse para la semifinal de la UEFA. Ha sido gracias a un gol de cabeza de su delantero Luca Toni, casi al final del partido. Kahn se abraza con sus compañeros y se felicitan. Todos juntos van a uno de los fondos del estadio del rival, donde está su afición, para agradecer el apoyo incondicional. Cuando vuelven hacia el túnel de vestuarios, ven la desolación que ha causado la eliminación en los jugadores rivales. El portero del otro equipo está de rodillas en el césped frente a la portería que ha defendido en la segunda parte de la prórroga. Tiene las manos en la cara y los guantes no dejan ver las lágrimas que caen. Otros jugadores rivales están tumbados y con las manos en la cabeza. Los compañeros de Kahn se acercan a algunos de ellos y tratan de consolarlos y levantarlos del suelo.

Antes de entrar en el túnel de vestuarios Kahn se da cuenta de que hay un niño, aficionado del otro equipo, que está llorando desolado por la derrota. El niño está abrazado a su madre. Kahn no se lo piensa dos veces y se quita los guantes, se acerca al foso que separa las gradas del campo y le hace un gesto al niño para que coja los guantes. El niño no reacciona y es la madre la que le indica con la mano que sí, que puede tirarlos, ella los cogerá. Kahn le tira los guantes a la madre y acto seguido desaparece por el túnel. La madre coge los guantes y se lo los ofrece a su hijo. Ella también quiere buscar el consuelo al llanto del niño. Éste acaba de ver como su equipo ha perdido en los últimos minutos el posible pase a semifinales de la UEFA. El niño se restriega los ojos, se sorbe los mocos, coge un guante, lo palpa, coge el otro y los agarra con fuerza con una sola mano. De nuevo empieza a gemir y con un movimiento seco tira los guantes hacia el terreno de juego, pero no llegan y caen al foso que separa las gradas del campo. La madre ríe en silencio. El niño no quiere ningún tipo consuelo, el niño es del Geta… 

 

 

Hay que situarse diez minutos antes de que el niño desprecie el regalo del meta alemán, apenas quedan cinco para que termine la segunda parte de la prórroga y por lo tanto del partido. El Bayern va a por todas ya que con un solo gol pasan la eliminatoria. Kahn va a sacar una falta desde casi el medio campo en su propio terreno de juego. Entonces ocurre algo inesperado. La cámara abre el ángulo para enfocar un poco más atrás del guardameta alemán. Aparece corriendo un aficionado que lleva al cuello una bufanda azulona. No hay duda, es un hincha del Geta.

Él pasa delante de la portería que ahora defiende el alemán, del punto de penalti, de la media luna del área y se dirige directo al portero que va a sacar una falta. Desde que el Geta marcó el tercero no para de pensar que hay que perder tiempo como sea, y más cuando tan solo se han puesto a un gol de eliminar a su equipo. Por eso ha saltado al terreno de juego. El personal de seguridad de las otras bandas aún no se ha dado cuenta de que está en el campo. Ellos seguirán mirando a las gradas aunque el público ya nota su presencia y se oyen gritos, algunos de ánimos, otros de reproche y unas risas. Cuando ha sacado la suficiente distancia al de seguridad del fondo por el que ha saltado corre más lento. Está ahorrando algo de fuerzas que después va a necesitar. Por fin llega a su destino. Kahn aún no ha sacado. Le grita mientras corre a su alrededor: "¡Feofeofeo! ¡Que eres muy feo! ¡Eres más feo que pegar a un padre con un calcetín!" A pesar de que busca sacarle de sus casillas no ve que haga ninguna reacción, ni siquiera se asusta del extraño que ha llegado por su espalda. Tampoco ve a ningún jugador del Bayern que reaccione. Con todo el Bayern al ataque, al único que tiene cerca es a Braulio, el delantero del Geta. Kahn solo pone un brazo en jarra y con el otro le señala mirando al árbitro. Él sigue corriendo a su alrededor y le increpa: "¡Que feo eres, cabrón!". La gente de seguridad ya reacciona, el de la banda más cercana corre hacia él. Piensa que el alemán no le entiende porque no está hablando en su idioma y no tiene ni puñetera idea de cómo se dice feo en bávaro así que le ataca en inglés, a ver si así le entiende: "Ugly! Ugly! You are uglier than fight a father with a sock!" y aun así tampoco reacciona. Piensa: “Será cabrón... y feo. Feo porque lo es y de cerca aún más.” Los de seguridad se acercan y no le queda más remedio que coger el balón, se agacha mientras sigue corriendo y según lo agarra se lo tira y le da en toda la cara. Kahn solo suspira. Le dice: "Joder, para ser portero andas corto de reflejos. ¡Feo!" y esto, aunque se lo diga en castellano, lo ha entendido. No se sabe si por el tono de reproche o porqué él mismo se ha dado cuenta de lo torpe que ha sido. El Coliseum se ríe y empieza a cantar un: “¡Toooooontoooo, tooooooontoooooo!” Por fin parece que reacciona… ahora que se tiene que ir por patas. Tiene muy cerca a los de seguridad y se va corriendo para sortearlos. Le grita a Braulio cuando pasa a su lado: "joder Braulio, ¡Hay que perder tiempo que estos nos meten un gol!" y recorta a uno de seguridad que venía por su espalda, otro se acerca, le va a coger seguro y justo en el último momento le esquiva y hace el gesto de los recortadores encorvando la espalda y llevando las manos por detrás sobre la cabeza “¡Uuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyy!” grita el Coliseum. Se da cuenta que el de seguridad de la banda más pegada ha dejado su puesto vacío, allí nadie le podría impedir que vuelva a saltar a la grada. Pensando en esto se dirige corriendo a esa banda, comienza a esprintar y saca ventaja a los de seguridad. De un brinco salta la valla de publicidad y con cuidado salta el foso apoyándose en la red mientras va pensando que la red aguantará su peso para minimizar (al menos mentalmente) el dolor de la posible hostia.

Con el ajetreo de la invasión pocos se han dado cuenta que entre los rivales alemanes se ha liado una buena. Muchos jugadores del Bayern han protestado al árbitro el tiempo que se ha perdido por la interrupción. Entre ellos Luca Toni, que ha recorrido más de veinte metros para increparle al árbitro que no se olvide que tiene que añadir más tiempo de descuento. El juego se reanuda. Kahn saca, la pasa a su banda izquierda, tras una serie de pases cortos entre los alemanes, el balón lo cuelgan al área del Geta, Luca Toni intenta rematar de cabeza pero no llega y el balón se pierde por la línea de fondo. El Getafe pierde algo de tiempo en el saque de puerta. Un par de jugadas más y el partido acaba. Cuando el árbitro pita el final el Coliseum es una fiesta. Se llena de júbilo y alegría. Los hombres se abrazan y las parejas se besan. Los jugadores del Geta se arrodillan en el campo, después se abrazan y se felicitan. Todo es alegría.

 Kahn va camino a los vestuarios malhumorado, en veinte años bajo la portería de grandes equipos jamás se ha sentido tan avergonzado después de dar tan mala imagen. Han sido eliminados por un equipo desconocido en Europa y encima en su última temporada en activo. Kahn jamás pensó que su último partido en la competición continental fuera a ser en un estadio pequeño. Se imaginaba en un Camp Nou, un Bernabéu e incluso en su propio estadio, el Allianz Arena. Kahn increpa a sus jugadores, está muy enfadado. Antes de entrar en el túnel de vestuarios se está quitando los guantes y con rabia los tira por el foso que separa el campo de las gradas. Mientras, un niño sonríe feliz en los brazos de su madre.