jueves, 4 de julio de 2013

Zátopek, un campeón en todos los sentidos.


“Guarda bien esto. Te lo mereces.” Emil Zátopek.

Emil Zátopek nació el 19 de septiembre de 1922 (el mismo día que su mujer) y comenzó a correr cuando trabajaba en una fábrica de calzado. En 1945 ingresó en el ejército checoslovaco por lo que abandonó su oficio y tras establecer en 1944 su primera plusmarca. Su peculiar forma de correr: con la cara desencajada y en la que parecía que en cualquier momento se iba a caer al suelo pero a la vez imponía un ritmo duro y severo, le valió el sobrenombre de locomotora humana.

En los juegos olímpicos de Londres de 1948 ganó la medalla de oro en los 10.000 metros y la plata en los 5.000 metros. Entre 1949 y 1954, Zátopek batió ¡18 récords del mundo!, desde los 5.000 metros hasta los 30 kilómetros y el record de la hora. Ganó el oro en los campeonatos de Europa en la modalidad de 5.000 y 10.000 metros. 

En los juegos olímpicos de Helsinki de 1952 ganó las medallas de oro de 5.000 y 10.000 metros. En la celebración de la medalla de oro de 5.000 metros le deseó suerte a su mujer que competía en lanzamiento de jabalina, una hora después su mujer ganó la medalla de oro (en más de una ocasión Zátopek declaró que su amor a su esposa era la inspiración a su carrera). Una semana después Zátopek competía por primera vez en una maratón, la cual ganó. ¡Ganó la primera vez que corrió la distancia de maratón! Increíble. El record que estableció entonces ganando la medalla de oro en unos juegos olímpicos en las modalidades de 5.000, 10.000 y maratón es posible que jamás se vuelva a repetir.

Uno de sus grandes rivales en la pista fue el francés Alain Mimoun pero fuera de ella ambos se profesaban un gran respeto, admiración y una profunda amistad. En los juegos olímpicos de Londres Alain fue plata en los 10.000 metros detrás de Zátopek, y en los de Helsinki fue plata en los 5.000 y en los 10.000 metros detrás también de Zátopek. En los siguientes juegos olímpicos de Melbourne 1956 Alain ganó la medalla de oro en la maratón, Zátopek hizo sexto (¡en la segunda maratón en la que competía!). Al entrar en meta y enterarse de que había ganado Alain, Zátopek le abrazó y felicitó declarándole que aquello valía más para él que todo el oro del mundo.

A lo largo de su carrera deportiva Zátopek compitió en 334 carreras de las que obtuvo la victoria en 261 ocasiones y obtuvo un récord de 69 victorias consecutivas en diferentes distancias.

Zátopek fue el inventor del entrenamiento por intervalos, basado en series y cambios de ritmo. Y es que, como ejemplo, una de sus sesiones favoritas de entrenamiento consistía en: correr 12 km a ritmo suave y después 10 series de 200 metros, 25 de 400, después de nuevo 10 de 200 para acabar con media hora más de carrera suave. 

En Checoslovaquia fue considerado un héroe nacional pero debido al apoyo que prestó durante la primavera de Praga de 1968 al político reformista democrático Alexander Dubcek fue reprimido por el nuevo gobierno de influencia soviética y tuvo que trabajar de barrendero y limpiando letrinas una vez que se negó a apoyar al nuevo régimen. A partir de 1975 su imagen fue rehabilitada por parte del régimen comunista. 

Falleció en noviembre del año 2000 en Praga.

Una última historia de Zátopek que nos habla de su calidad como persona:

Ron Clarke fue un atleta australiano que allá por los años 60 fue un gran dominador de las pruebas de fondo. Llegó incluso a aunar al mismo tiempo los récords de 3.000 m, 5.000 m, 10.000 m, 3, 5 y 10 millas. Algo irrepetible. 

Sin embargo nunca brilló en los juegos olímpicos: En las olimpiadas de su propio país, en Melbourne 1956, solo tenía 19 años y se tuvo que conformar con llevar la antorcha olímpica quedándose fuera de la selección por el servicio militar. En los juegos olímpicos de Roma de 1960 tampoco participó por estar realizando sus estudios de contabilidad. En Tokio 1964 en la prueba de los 10.000 metros le falló la táctica ya que se quedó encerrado en la última y durísima vuelta por lo que no pudo remontar al final, consiguió el bronce. En los 5.000 metros y la maratón repitió un noveno puesto. En 1968, en la prueba de 10.000 metros, le hizo polvo la altura de México D.F (como a tantos otros) entrando en meta completamente destrozado y al cruzar la meta se derrumbó. Acabó sexto.

Tras los últimos juegos de 1968 Ron Clarke estaba anímicamente destrozado. Entonces fue invitado por Emil Zátopek a Checoslovaquía. Era por aquella época cuando Zátopek estaba viviendo la dura represión del gobierno por el apoyo público que había otorgado al disidente Alexander Dubcek. En el aeropuerto antes de coger el vuelo, Zátopek entregó a Ron un paquete a la vez que le decía: “Guarda bien esto. Te lo mereces.” Ron no se atrevió a abrirlo temiendo que fuera algún envío al exterior que podía ser interceptado. Cuando Clarke abrió el paquete en pleno vuelo descubrió la medalla de oro que Emil había ganado en los 10.000 metros en los juegos olímpicos de Helsinki. De nuevo Zátopek demostraba lo grande que era. 


miércoles, 3 de julio de 2013

Bucear


En segundo de carrera decidí que en verano debía sacarme dinero para poder ir tirando el resto del año. El trabajo de verano que pensé fue el de socorrista, por lo que tuve que sacarme el título que consistía en aquel entonces en un curso teórico- práctico. El curso teórico tenía varios exámenes que pasé y el práctico consistía en pasar varias pruebas en la piscina. Si se suspendía una de estas pruebas prácticas en la piscina había una segunda oportunidad. Si la segunda oportunidad se suspendía había que repetir el curso práctico. Una de las pruebas consistía en recoger 10 anillas del fondo de la piscina en 25 metros de longitud. Esto había que hacerlo buceando sin gafas de forma continua desde que se cogía la primera hasta la última anilla. Hasta entonces había nadado a lo largo de mi vida pero bucear era otra cuestión. No me gustaba. Me agobiaba la idea de no poder respirar, de no oír, y si no llevabas gafas de natación apenas ver por lo que muchas veces no llegaba a realizar 25 metros buceando eso sin tener en cuenta las dichosas anillas.

Para poder pasar las pruebas físicas me apunté durante dos meses (luego continué) a entrenar en un club de salvamento acuático. Durante las veces que ensayé esa prueba siempre iba agobiado, por el fondo del vaso intentando localizar cada una de las anillas y tratando de convencerme de que llegaría a hacer los 25 metros. También es cierto que la mayor parte de las veces que ensayaba esta prueba recogía las 10 anillas y llegaba hasta el final de los 25 metros.

El día del examen de esta prueba suspendí. No salté desde arriba si no que empecé desde abajo. Iba muy agobiado y me dejé una anilla. No me di cuenta que me la había dejado atrás. Tenía que repetir la prueba a los tres días. Sabiendo en lo que me había equivocado, durante esos días traté de pensar en positivo para no agobiarme y traté de ver lo bueno que tenía bucear y sumergirme: la tranquilidad y la concentración que conseguía aguantando la respiración. Pensé en algo que me distrajera mientras buceara y pensé en jugar a hacer burbujas soltando el aire poquito a poco. Cuando de nuevo tuve que pasar la prueba fui con otra mentalidad. Empecé desde abajo y fui buceando tranquilamente por el fondo del vaso palpando con los dos brazos bien abiertos. Como ya no tenía ninguna prisa, en lugar de dar siempre la típica patada de braza con la que se nada a base de tirones fui dando la patada de crol cada dos patadas de braza y así conseguía un ritmo más constante para evitar pasarme una anilla. Cada vez que encontraba una anilla paraba, la metía por uno de los brazos y después seguía. Sin querer había llegado a recoger las 10 anillas y había llegado a los 25 metros. Prueba superada.

Mi primer año trabajando de socorrista fue de correturnos por lo que  hacía el día de descanso de los socorristas en varias piscinas de comunidad de vecinos. Cada piscina era diferente, en algunas apenas iba gente por lo que estaba casi todo el día solo así que me dedicaba a nadar, estudiar y leer. En otras piscinas no paraba de entrar gente en el vaso. Además de realizar las labores de socorrista había que limpiar baños y así como limpiar el fondo de la piscina con el limpiafondos. Recuerdo que en una de las piscinas a las que no iba mucha gente tenían un problema con el limpiafondos. No se podía limpiar ya que una de las conexiones de la depuradora que iba para el limpiafondos no funcionaba. Como llevaba varios días sin limpiarse el fondo de la piscina estaba cubierto de una mezcla de tierra y algas. Después de nadar y estudiar decidí que iba a intentar solucionar el problema de la suciedad del fondo buceando. Me apetecía bucear. Cerré las llaves de los skimmer en la depuradora y dejé a medias la llave que abre la válvula del fondo, así conseguía que toda la fuerza de la depuradora fuera por el fondo de la piscina. Y después con cepillo en mano me puse a bucear y a barrer toda la piscina. Había que hacerlo con tranquilidad y sin movimientos bruscos para evitar que las algas y la tierra se esparcieran. Toda la suciedad que barría la llevaba hacia la tapa del fondo o bien a la proximidad y después solo había que esperar que se fuera absorbiendo por allí. Después de una hora de buceo la piscina estaba mucho más limpia. Me hubiese gustado ver la cara del socorrista que trabajaba allí al día siguiente al descubrir que tenía la piscina limpita…

lunes, 1 de julio de 2013

Miguel Poblet y la Milán- San Remo.


En homenaje al campeón Miguel Poblet (18 de marzo de 1928- 6 de abril de 2013)

Miguel Poblet nació en Montcada i Reixac en 1928, pasó la infancia en la guerra y la juventud en la posguerra. Su afición por la bici le llegó como le llegaron a otros tantos en aquellos años: la bicicleta comenzó siendo su medio de transporte (si es que tenías la suerte de contar con una bicicleta) y acabó siendo su forma de vida y sustento.  Empezó a competir con la bicicleta a la edad de 17 años ganando ¡10 etapas en su primer año!

La prueba ciclista Milán- San Remo nació unos años antes que Miguel, más concretamente el 14 de abril de 1907. Fue organizada por La Gazzetta dello Sport después de que el ganador del Giro de Lombardía de 1905 Giovanni Gerbi probara el trazado. Aquella edición tuvo 288 km y bastante barro ya que el día fue bastante húmedo y la ruta se desarrollaba a través de caminos. A pesar de que Giovanni Gerbi probó el trazado anteriormente, la primera edición de la carrera se la adjudicó Petit Breton. En aquella edición de la Milán San Remo empezaron 33 ciclistas y solo terminaron 14. A partir de 1946 la classicissima (como se conoce a esta carrera) empezó a aumentar gradualmente la distancia. A día de hoy se acerca bastante a los 300 kilometros por lo que es la clásica más larga. 



Mientras Miguel, con apenas 20 años se empezó a codear con los grandes ciclistas del pelotón español como Bernardo Ruiz y Langarica. Ganó campeonatos de España de montaña y la Volta a Cataluña en 1952 (donde alcanzó casi 30 victorias de etapa en su carrera deportiva) y en 1954 compitió en el campeonato mundial de Alemania Oriental.


En 1955 fichó por un equipo extranjero llamado Splendid que le llevó al Tour una vez que se adjudicó el Midi Libere (prueba antes del Tour). En este Tour marcó un hito convirtiéndose en el primer español que vistió el maillot amarillo del Tour. Además ganó dos etapas. 



En 1956 ganó 3 etapas en la Vuelta a España y debutó en el Giro de Italia ganando 4 etapas (¡llegó a ganar 20 etapas a lo largo de su carrera deportiva en el Giro!). Además con la etapa que se adjudicó en el Tour de ese año se convirtió en el primer corredor de la historia en ganar al menos una etapa de las tres grandes vueltas en un mismo año. Tras la victoria en ese año de la Milán- Turín puso los ojos en la Milán- San Remo. 

Y es que los caminos de Miguel y la Milán- San Remo se cruzaron varias veces: ganó en 1957, fue segundo en 1958 y volvió a repetir la victoria en 1959. Así explicaba Miguel a la revista meta2mil  los secretos de la Milán- San Remo:

Los primeros cien kilómetros de carrera se desarrollan en un terreno sencillo hasta el Turchino. Lo ciertamente importante de este puerto es su bajada, puesto que presenta muchas curvas. Se baja prácticamente de a uno. Como a estas alturas el pelotón aún es numeroso, salvo alguna escapada, la diferencia que puede haber entre los de delante y los últimos puede llegar al medio minuto.



Tras 90 kilómetros se afrontan los capos:

Estas tres ascensiones: capo Mele, Cervo y Berta, era donde prácticamente podríamos llamar un sprint largo y la gente caía por su propio peso. Con el tiempo vieron que la carrera resultaba un tanto suave y se decidió poner el Poggio, con lo cual los tres capos perdieron importancia y dejaron de subirse como se hacía antes. Ahora el papel de los capos lo hacía el Poggio que se sube desde la base como si fuera un largo sprint, con la particularidad de su complicado descenso, en el cual quien toma unos metros puede resultar ganador.” 


La realidad es que el Poggio fue incorporado en 1960 a raíz de las victorias de los sprinters como Miguel ya que los organizadores temían que esta prueba solo fuera ganada por este tipo de corredores.  Si te fijas en la imagen verás el descenso complicado al que se refiere Miguel.



En los años siguientes siguió acumulando victorias de etapas en Volta y Giro vistiendo durante varios días la maglia rosa. Hizo podio dos veces en la París- Roubaix, pero esta es otra clásica que me gustaría contaros en otra entrada y a través de otro campeón.


En España pecamos de valorar a los ciclistas solo si ganan el Tour. Pero el ciclismo es mucho más que eso ya que hay que saber apreciar a aquellos ciclistas que disputan esas otras grandes carreras que son las clásicas. Para que conozcas a éstas y también a aquellos te dejo esta entrada y te invito a que sigas ese “otro ciclismo”.

jueves, 20 de junio de 2013

Carrera del VIH


Este pasado domingo, 16 de Junio, se realizaba en la Casa de Campo de Madrid, la undécima carrera popular para la lucha contra el VIH, en la que participaron unos 5.000 corredores, además de niños. Hacia tiempo que nos habíamos inscrito en esta carrera, prácticamente después de la Nike Running. Se trataba igualmente de 5km pero la diferencia estribaba en que ahora si había empezado a prepararme, ¿cómo?, varios días entre semana, Carlos me había aconsejado que montara en bici para coger fondo y preparar los músculos, de esta manera evitaría, también, lesiones futuras. Me planteamiento era que podría mejorar la carrera anterior, sufriría menos y, por qué no, disfrutaría más. No fue así.


Es curioso, estaba súper contenta, cuando llegamos a la pradera, donde había cientos de personas de todas las edades, cuyos colores de las ropas que llevaban, parecían una bandera exultante de energía y vitalidad. Se encontraban dispersos entre el ropero, la zona de los dorsales, en los tablones de listados, pero, sobre todo, buscando la preciada sombra. Qué calor hacía y… aún era temprano!

Corrieron los pequeñines primero, niñas y después niños. Muchos acompañados de sus padres, otros solitos. ¡Como corrían! Seguro que vimos muchos futuros campeones.

La nuestra llegó en seguida. Habíamos estirado un poquito, sin correr, ya que Carlos arrastra una lesión en un talón. ¡Bastante que me acompañaba!

Cuando nos metimos en el callejón de salida apenas podíamos movernos de la cantidad de gente que había. Para que os hagáis una idea, pasamos por debajo de salida en el minuto casi tres, después de dar el pistoletazo de salida.

En esta segunda carrera volví a descubrir que en estos primeros minutos, mientras tú vas haciendo un repaso mental de sensaciones, acoplándote a un ritmo llevadero, hay un montón de gente que se dedica a adelantar, moverse en zig zag a tu lado, entorpecer tu trayectoria... Ciertamente muchos de ellos están preparados e irán fuertes, pero otros, tras pocos metros de ilusión, se apagan y los dejas tranquilamente atrás. Sea el motivo que sea, no son conscientes de lo que pueden molestar, pero... ¿Que le vamos a hacer?


Llevaba un ritmo tranquilo, pausado, no excesivamente lento, concentrándome en dosificar las fuerzas, en respirar, en plantar bien los pies… Es cierto que al principio sentí rigidez en la espalda pero, sobre todo, el calor empezaba a apretar. Era muy positivo que los primeros kilómetros transcurrieran entre la arboleda, la sombra nos protegía de la incidencia del sol. Habíamos dado la primera vuelta, en el kilómetro dos, más o menos, cuando las sensaciones que tenía, paso a paso, se fueron recrudeciendo. El aire no llegaba a mis pulmones y parecía que me estaba ahogando entre flemas, mocos… No sabía si se trataba de asma, o de haberme acatarrado por el aire acondicionado de mi trabajo. El estómago se revolvía en mi vientre, saltaba, queriendo desbordar todo lo que tuviera. No era una cuestión de cansancio físico, era un malestar que se estaba apoderando de mí. Carlos lo notó enseguida, se pegaba más a mi. Con una paciencia infinita me preguntaba, me animaba, me acompañaba en silencio, sin duda, el mejor apoyo que podía darme. Dios mío, parecía que llevaba 25 km a mis espaldas y… no había llegado al tercero. Mi mantra era, no te pares, no te pares, no te pares, no te pares… No quería fracasar. Quería hacerlo, igual que la vez anterior. Podía hacerlo. Me dieron varias arcadas, seguía sin poder respirar… El mantra perdía fuerza, ya no funcionaba. Eran 5 kilómetros, por favor! No era una maratón. Carlos, mi Carlos, si ha pateado kilómetros, cientos de ellos. Ni siquiera un entrenamiento suyo es tan mediocre. Volvía a intentarlo pero… no os hacéis a la idea de lo atractivo que era pararse un poquito. No pararse, andar. Respirar, relajarse y… volver rápidamente. Había mucha gente que se había parado antes… 

Ahora sé que ese fue el error, uno de ellos, el peor era centrar mi pensamiento en cada una de las sensaciones, olvidando la premisa fundamental de IGNORA, dolor, cansancio, ruido… ¡IGNORA! No lo hice. Me paré. Anduve rápidamente entre otros corredores que se paraban, entre otros que me sorteaban para seguir corriendo hacia la meta. Instantes después volví a correr, pero ya no era igual, mis piernas pesaban como si tuviera cemento en ellos. Ahora si me decía, no te pares, no te pares, esta vez sería peor… Volví hacerlo, una vez más, y otra. En la última cuesta antes de llegar a meta, se me caían las lágrimas, derrotada. Avergonzada miraba a Carlos, me sonreía, me animaba. Corrí por última vez hasta llegar a meta. Atravesé aquel muro invisible, levantando su mano con tristeza. Estaba completamente sedienta y mareada. Había sido un fracaso total y absoluto. Un golpe. No podía siquiera correr 5 kilómetros.


Carlos me decía que había carreras buenas y malas, que lo que tenía que hacer era pensar en ello, ver donde había podido fallar y tenerlo en cuenta para la próxima vez.

Pues bien, he pensado mucho en ello, cierto es que estaba acatarrada (por eso me ahogaba), que quizás desayuné más de lo que suelo hacerlo (de ahí el dolor de estómago), que hacía un calor de mil demonios, que… Puedo encontrar muchos QUÉ, el fundamental, que no suena a excusa, que es el que mayor peso tiene, es este: lo que me pudo fueron mis pensamientos y mi poca experiencia. Fracasé porque me convencí de ello. Me paré porque me convencí de hacerlo. Era la misma sensación de cuando fumaba, ¿realmente lo necesitaba? La sensación de no poder, de dejarlo, de descansar, de pensar “qué hago aquí”, mina tus fuerzas, tu resistencia. Claro que puedo, que podemos, cualquiera de nosotros. No había entrenado e hice la primera carrera sin tantos problemas. Ahora había entrenado, de una forma constante aunque no todo lo fuerte que pude hacerlo. Ahora bien, la pregunta, es: Aprenderé de mis errores? Volveré a darme por vencida? Seguiré corriendo? 

Un viaje de mil millas, comienza con el primer paso. No acostumbro a darme por vencida, nunca. No será diferente esta vez. 3…2…1 … Let´s go!!

Muchas gracias por todo Carlos.